Golden Boys

hernan

Hernán Iglesias Illia es periodista. Ha escrito para medios como “The Wall Street Journal”, “El País” y la revista “Gatopardo”, entre otros. Tiempo atrás, no mucho, escribió un libro que ahora resulta imprescindible para entender factores emocionales a la vez que claves, del fenómeno bursátil y de todo lo que ha venido pasando en los últimos meses en los mercados financieros: “Golden Boys” o la crónica de los traders argentinos en Wall Street. Conversé con él.

-Con la crisis declarada en el mundo entero, ¿cómo crees que será a partir de ahora el comportamiento bursátil de los operadores? Me refiero a si los ves con los ánimos más moderados, tomando en cuenta los tiempos que corren, o seguirán con ese espíritu adrenalínico que los ha caracterizado.

-Los operadores están ahora con el rabo entre las patas, un poco confundidos por todo lo que ha pasado y también doloridos, porque la mayoría ha perdido muchísimo dinero y sus bonos de fines de año, pagados hace un par de semanas, desaparecieron o bajaron un 50% o 70%. Entonces todavía no han encontrado un estado de ánimo para la nueva etapa. Esta semana apostaron a que el nuevo plan del gobierno de Obama les iba a dar un impulso a las acciones del Dow Jones, pero el plan fue ambiguo, su presentación fue poco enérgica y los operadores volvieron a deprimirse.

-¿Crees que existe una verdadera relación entre el juego de la Bolsa y el interés de sus protagonistas por el momento económico de un país o, mejor dicho, existe una conciencia económica y social por parte de quienes intervienen en el mercado bursátil como operadores o inversores?

-En Estados Unidos es muy popular la idea de que cuando al índice Dow Jones le va bien le está yendo bien al país. Tiene sentido: si el precio de las acciones sube es porque las grandes empresas están ganando dinero, empleando más gente, contratando más proveedores, pagando más impuestos. Pero hay quienes dicen que esta relación se ha convertido en una obsesión y que muchas personas analizan la marcha de la economía “sólo” mirando el índice bursátil. Esta semana, Obama parece haberse apartado de ese camino: cuando le preguntaron por la mala respuesta de los mercados a su plan, dijo: “A veces a los operadores les lleva un tiempo entender las medidas”. O sea, que su objetivo principal no ha sido seducir a la Bolsa. Con respecto a la segunda parte de la pregunta, la respuesta es no: en un mercado competitivo e instantáneo como el de la Bolsa de Nueva York, no hay espacio para pensar en qué podría ser mejor para la economía. Las millones de interacciones diarias emiten un solo mensaje al final del día, pero es uno en el que cada uno de los participantes tiene una influencia mínima.

-¿Provocará la crisis un cambio obligado en las culturas bursátiles y de capitales de riesgo, o luego de pasado el susto se volverá a las tradicionales prácticas algunas de ellas paroxísticas?

-Habrá un cambio si cambia la regulación. Dos puntos fundamentales para ponerles riendas a los operadores están, supuestamente, en estudio por el gobierno estadounidense. Uno es limitar el “apalancamiento”, es decir, la cantidad de plata prestada que uno puede tomar para hacer una inversión. Muchos inversores, en el pasado, invertían 10 pesos propios y pedían otros 90 para comprar bonos o acciones y multiplicar por nueve sus ganancias. El problema era que así también, cuando explotó la burbuja y el paisaje cambió, multiplicaron sus pérdidas. El otro punto es modificar la forma de pagarles a los operadores de los bancos. Hasta ahora, había demasiados incentivos para que estos tipos tomaran decisiones arriesgadas: si les salía bien, a fin de año recibían un cheque gordo de varios ceros. Si, un año después, la apuesta salía mal, el banco quedaba desnudo, pero el operador ya tiene el cheque en su casa. Habría que diseñar, junto con los bancos, esquemas de compensación que den responsabilidades de más largo plazo y que pongan en los operadores un chip que los haga sentirse parte del lugar donde trabajan y del sistema que les da de comer.

-Me imagino que escribiendo tu libro “Golden Boys” debes haberte cruzado con algunos Gordon Gekko, ¿o esa figura es tan solo un ícono de la factoría de Hollywood?

-Es una figura más ochentosa que actual. En los ´80, cuando todavía no había demasiada tecnología ni información, muchos operadores se sentían “machos” por tomar decisiones a oscuras y por ganar. Los de ahora son más matemáticos, más “nerds”. Pero igual siguen siendo tipos con mucha autoestima y que necesitan sentirse importantes o talentosos, porque no es posible meter u$s 50 millones en una apuesta si uno no cree que está haciendo algo que nadie más está haciendo.

-¿Podrías contarme la Bolsa como si fuera un cuento para chicos?

-En los países normales (no en Argentina, donde la Bolsa es raquítica), las empresas medianas que quieren crecer venden una parte de sus acciones al público, es decir, en la Bolsa. Esas acciones se venden y se compran todos los días en el mercado donde está radicada la empresa. Si a la empresa le va bien, el precio de la acción sube, porque los operadores creen que tendrá mayores ganancias y, también, mayores dividendos, que son la parte de las ganancias que las empresas reparten una vez por año entre sus accionistas. Si a la empresa le va mal (y todo el mundo lo sabe, porque una de las desventajas de salir a Bolsa es la obligación de publicar reportes constantes), el precio baja.

-¿Qué visión tienes de los Estados Unidos hoy como economía y como cultura?

-Es una pregunta un poco larga de responder, pero mi visión de Estados Unidos es en general positiva. Queda raro decirlo en un país (Argentina) que, según las encuestas, es uno de los dos o tres con peor opinión de Estados Unidos en todo el mundo. Pero son cosas pequeñas y grandes, costumbres diarias de la gente y formas de organización de uno con respecto al Estado y la sociedad, en las que con el tiempo me he sentido cómodo y he aprendido a admirar.

-¿Podrías adelantarnos en qué libro estás trabajando ahora luego de hacer uno como Golden Boys?

-Estoy escribiendo un libro sobre Miami, que se publicará a mediados o fines de este año. Es un libro sobre la latinización de Miami y sobre cómo la ciudad, que hace 20 años estaba en decadencia y parecía a punto de explotar, se ha recuperado y convertido -gracias, en buena medida, al aporte de los latinos, cubanos y no cubanos- en una ciudad global.

Publicada originalmente en diario “Río Negro”

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