Cortazar: pensando en “La noche boca arriba”

Mucho antes de que M. Night Shyamalan comenzara a jugar el juego narrativo de las dimensiones paralelas que se cruzan, Julio Cortazar ya había desarrollado el concepto.
“La noche boca arriba” no sólo es un relato exquisito es también una demostración de alta magia literaria. Para Cortazar como para la literatura latinoamericana representa el nacimiento de un espacio creativo de fronteras difusas pero, sin duda alguna, digno de explorar por quienes vendrían después.
Ficción más allá de la ficción. Ficción sin extraterrestres. Sin naves espaciales. Sin máscaras. Aunque, si, con un perturbador viaje a través del tiempo incluido.
Cortazar abrió la puerta y a partir de ese momento el género, al menos de este lado del planeta, recibió una poderosa carga de energía.
Puesto que la razón prevalece a lo largo de su texto, se hace necesaria una nueva mirada sobre el cuerpo de la historia. Hay un imposible suyacente que trastoca una realidad que se nos presenta disfrazada con los vestidos de lo cotidiano (¿y no es ese el modo en que vivimos?).
La vuelta de tuerca, el final inesperado luego de una transición que alterna altas y bajas, se ha transformado en los últimos 10 años en una herramienta que lleva el sello de Hollywood. Hacer esto mismo, provocar y alimentar el elemento sorpresa a lo largo de un cuento es una tarea mucho más compleja. No cualquier autor. No cualquier género. No cualquier historia.
En “El Sexto Sentido”, M. Night Shyamalan, nos introduce a un relato cinematográfico compacto, bien atado, en el cual apenas si podemos intuir que las piezas no encajan. Desde el principio el argumento se tuerce y toma un desvío no estipulado.
La vida y la muerte, el ser y ser otra cosa, se entrelazan hasta confluir en un diálogo desesperante que explica y refiere a dos personajes condenados: uno a escuchar el poemario amargo de los que ya no están pero están; el otro a permanecer sumergido en el líquido viscoso de la eternidad.
El final de la película tendrá la forma de una revelación sorprendente (y por eso mismo maravillosa) tanto para el espectador como para uno de los personajes. Quien se creía vivo está muerto, y quien vive padece de una rara enfermedad que podríamos llamar ultraconciencia.
“La noche boca arriba” nos instala en ese incómodo lugar: testigos de lo extraño. La pluma de Cortazar conduce y seduce a su audiencia de un modo tal que le obliga a olvidarse de las evidencias del caso: no hay lugar para la pesadilla.
El personaje no ha sido condenado por la pueril locura de lo accidental. Ni es transportado a una sala de emergencias para curar de sus heridas. Ya lo quisiera él. La mente, o el espíritu de su cuerpo boca arriba, se disparan hacia un tiempo y un espacio desconocidos. Misterioso. Un más allá donde reencarna en la figura de un motociclista, un ser humano distinto del que aquí y un ahora yace condenado por los aztecas.
En unos segundos, los guerreros le sacarán su corazón latiendo de su pecho. Entonces, ambos personajes, posible e imposible, lo lejos y lo cerca, cantarán, gritarán su última nota. Al unísono los veremos perderse en la noche negra del infinito.

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