Realidades secretas

Sobre el plano de la realidad que conocemos, se tejen otras realidades secretas. No son especialmente parecidas a esta que aparece frente a nuestros ojos. No tienen los mismos colores, ni las mismas texturas. Deambulan por los rincones oscuros de nuestra conciencia. Sin ser capaces de sentirlas, las presentimos.
Sabemos que existen puesto que cada tanto se muestran de maneras obvias. Los más incrédulos denominan a estos hechos revelatorios una simple casualidad. Yo pienso en ellos como en fugas de energía. Son rayos luminosos que atraviesan la tela herida que divide este universo de los restantes.
El arte es un emergente de las geografías superpuestas. Es accionar sobre una materia que nos resulta a medias conocida y a medias incomprensible. Pero no se requiere ser cineasta o poeta para encontrar pruebas de que existimos en un laberinto ilusorio.
Una canción, por ejemplo, tiene la rara virtud de trasladarnos hacia sitios desconocidos para luego reconocerlos como familiares. Alguien ha escrito una línea que nos identifica plenamente (¿nos conoce su autor?). No necesitamos componer el tema o la frase. Basta con escucharla, con pronunciarla.
De pronto, un movimiento, un sonido, la forma en que el sol ilumina un objeto, nos despierta. Nos abre la puerta hacia el vecindario que linda con nuestra rutina.
Un persona que nos cruzamos en un supermercado dice al pasar dos palabras en las que hemos estado pensando la noche anterior. En medio de una reunión a alguien se le cae un vaso de agua y ese acto pueril nos conduce a tomar un decisión que se aguardaba entre puntos suspensivos. Un perro ladra y suponemos que es un koan.
Quisieramos que la vida fuese un recorrido mucho más simple. Y no lo es.
Pequeños y grandes detalles esculpen el día a día. No hay suerte. No azar. No hay destino. Somos nosotros leyendo la realidad y siendo infinitamente leídos por ella.
¿Cómo sabemos que tal o cual persona puede marcar la diferencia en nuestra vida? ¿Que aquel no es el trabajo que deberíamos asumir? ¿Por qué si todo indica que lloverá, estamos convencidos de que no caerá una tonta gota?
Los sueños no son la elaboración sofisticada de un deseo sino la sospecha muy personal de lo que somos capaces de hacer si nos lo proponemos. Por ser este un acto íntimo, es que se vuelve incomprensible. El hombre más débil intenta la mayor de las proezas. El enamorado se tirá de una chimenea. El poeta se emborracha de versos en alemán. El loco escribe un método. El planificador se confunde y el caótico se encuentra.
Recibimos mensajes desde el cielo. Saber que tenemos oídos para escucharlos es tan perturbador como gratificante.

Henning Mankell o cómo reinventar el policial

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Fragmento de El Chino

Trailer de El Chino

Henning Mankell es uno de los más prestigiosos y vendidos escritores policiales de la actualidad. Sin embargo, este escritor sueco que vive parte del año en Mozambique, se resiste a la idea de verse como un autor de casos criminales y tanto sus “malos” como sus investigadores también suelen estar lejos del estereotipo.

Un crimen chino en Suecia

Hay más de una novela posible en la imponente obra de Henning Mankell, “El chino” (Tusquets, 2008). Una de ellas podría ser la de una pareja entrada en años que observa, no sin dolor, como su relación va naufragando en las pesadas aguas de la rutina. Otra, muy distinta, referiría a las intrigas políticas y económicas que unen a China con el continente africano. Y otra, hablaría de la amistad como un puente hacia el pasado y una forma de conjurar el presente por extraño o difícil que este pueda resultar.
Con cada una de ellas, Mankell tuvo la oportunidad de constituir una novela independiente. Con destino y temperamento propios. Pero no lo hizo. En su lugar, el escritor edificó una trama mayor donde todos estos argumentos suman al contenido general y giran en torno a un disparador verdaderamente poderoso: el asesinato múltiple de 19 personas, habitantes de una apartada aldea sueca.
Este sólo pretexto narrativo le bastaría a Hollywood para dar vida a una superproducción. Es más, uno ya puede imaginar una adaptación al cine donde lo único que quedará en pie de este complejo laberinto literario sean el crimen y su ejecutor.
Mankell le otorga una espacio considerable a cada argumento. Por momentos los superpone, los entrelaza, los hermana y los distancia, con el propósito de que su lector tenga la oportunidad de absorver la composición amplia de quien ha dado vida a esta partitura original. En una sóla novela se concentra un fragmento de la historia de la humanidad. Desde esa óptica, “El chino”, es una novela de enormes pretenciones. Si consigue o no su propósito, es un asunto que deben dirimir sus lectores. Lo cierto es que el intento existe y es válido.
“Yo nunca me he visto a mí mismo como un escritor de novelas policiacas. Creo que más bien estoy en otra tradición donde se usa el espejo del crimen para examinar a la sociedad, los tiempos y el mundo en el que te tocó vivir. Cuando me preguntan cuál es la mejor novela criminal que he leído, invariablemente respondo: Macbeth, de Shakespeare. Nadie la calificaría como una historia criminal, pero es precisamente eso, al igual que El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Con esto quiero decir que no acepto incluir ningún tipo de estereotipos en mi trabajo.”, le dijo Mankell en una entrevista a Martin Solares.
Esta aclaración ayuda, si uno no se ha acercado a su última novela aun, a comprender el universo criminal que es capaz de dibujar Mankell. El mal surge de entre las páginas de “El chino” poco menos que como un elemento inherente a un sistema de valores y a una estrategia de índole político-económico. Los malos tienen sus razones y sus razones son poderosas.
En la misma entrevista Mankell explicó: “Una novela es un paisaje donde hace falta una carretera. Y la labor del novelista consiste en construir ese camino”.
“El chino” es por sobretodo la construcción de ese camino desde el cual observamos una realidad distante pero que al mismo tiempo descubre el entramado del mundo tal cual es hoy. Un asesinato múltiple que nos conduce primero a Suecia y desde allí a la China de fines del siglo 19, para luego ser disparados como lectores ávidos hacia la China contemporánea y mas tarde, Africa. Perfecto asesino, al fin, o perfecto escritor (otra figura admitible en este caso), Mankell no ha querido dejar cabos sueltos. Y este trabajo de teoría y comprobación de la efectividad del texto literario no es una operación menor.
Aun a costa de desacelerar el ritmo interno del relato, cuando se hace necesario, Mankell desarrolla extensas aclaraciones que ubican a su lector en un marco histórico y referencial. Con este método narrativo el escritor logra realzar el texto posterior. El entendimiento que alcanzamos de los motivos profundos, que alimentan la venganza en la mente desquiciada de un personaje, que es también el representante de distintos pensamiento modernos, sólo es posible porque antes nos han sido reveladas las claves de la historia que pesa sobre generaciones enteras.
Mankell nos hace recordar aquello de que después de todo nada, nada, es casualidad.