Pensando en Murakami

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La literatura de Haruki Murakami está profundamente conectada al hecho musical. Como a Julio Cortazar, como a Nick Hornby, a Murakami, la música -en su caso y en el del autor de “Final del juego”, el jazz; en el de Hornby, el pop y el rock-lo guía, lo empuja e inspira hacia la construcción de escalas sonoras que se sirven no de notas específicamente sino de palabras.

Probablemente esta cadencia onmipresente, disparada por la virtud de generaciones enteras de músicos de jazz, sea una de las claves de la escritura del gran autor japonés.

Sus historias prefiguran una intención musical. Son un proyecto literario nacido en las aguas fluctuantes de lo no escrito. La literatura de Murakami, suave, simple y atrevida en sus líneas argumentales, se desarrolla cual una obra jazzística que ha encontrado un espacio perfecto donde crecer y refugiarse.

Murakami ha contado en varias ocasiones que al igual que sucede en el jazz él no se autoimpone un intinerario. Sencillamente parte de una idea (en el caso de “After Dark” todo nació con la imagen de una chica en un bar y su conversación con un joven músico) y luego improvisa. Sigue adelante.

“Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto un escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo, todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario”, dijo hace unos meses en una entrevista realizada por Juana Libedinsky para el diario “La Nación”.

Sus novelas son generalmente atravesadas por elementos ficcionales o que uno podría suponer no aferrados al mundo real. Poseen una cuota de existencialismo moderno que las ubica en un lugar distinto al del realismo literario pero también una pizca de delirio posmoderno que las aleja del subrrealismo. Y nadie podría alegar que Murakami es un autor varguardista.

Su trabajo se impone a través de la textura de las frases, siempre cálidas y amables incluso en el drama, el elemento disparador que permite ese salto a la estructura de lo cotidiano, y el ritmo y contraritmo implícitos en su estructuras. En ocasiones, Murakami avanza a gran velocidad mediante el uso de extensos e iluminados diálogos para luego poner frenor a ese devenir en la forma del retrato minucioso de una escena o del viaje fantástico al interior de alguno de sus personajes.

El misterio es una de las constantes en la obra de Murakami, y no es un misterio radicado específica o exclusivamente en la trama de sus novelas sino en la extraña ansiedad que provoca en el lector. Leer a Murakami es en parte querer desentrañar un enigma que trasciende la historia misma.

“Porque, seguro, algo raro sucede entonces, algo muy particular y que no pasa con ningún otro autor que yo recuerde. Uno empieza a leer un nuevo Murakami y se siente un poco incómodo y hasta irritado por ciertos tics y guiños al lector que se supone cómplice de entrada. Y cuando uno comienza a preguntarse si se habrá terminado el amor o uno ya estará más allá de todo esto, algo hace click (algo que hasta es posible que se trate de una cuestión no decididamente literaria) y nos descubrimos, otra vez, rendidos y encantados y con una sonrisa en la boca mientras pasan las páginas”, ha escrito Rodrigo Fresán.

En la actualidad no hay otro autor en el mundo comparable a Murakami. La extrema inteligencia de su estilo asociada a la tensión constante de unas historias que no resultan finalmente ni dramáticas ni angustiantes -un rasgo que lo emparenta a Raymond Carver, otro de los autores que Murakami ha dado a conocer en Japón mediante traducciones- componen un frente expresivo sin competencia.

Electricidad, sentimiento y enigma, componen la perfecta geometría de su arte.

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Una respuesta a “Pensando en Murakami

  1. Gracias por referirme a Murakami alguna vez. Gracias por tus listitas apuradas de libros excelentes. Gracias por marcarme un camino de palabras que disfruto hasta el gemido.

    (Tomá estos dos renglones como un regalo de fin de año. Tomálos como un te quiero) Y hacélo rápido antes que me arrepienta.
    a.

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