Cambiar

Lizz Wright

Fugarse. Agarrar un bolso y comprar un pasaje hasta un pueblo perdido. Mejor aun si es una pequeña villa junto al mar donde conjurar todos los demonios que dejamos atrás. Estar solo. Sola. Ésa es y ha sido la idea de muchos.

Es uno de los sueños más tentadores que conozco. Después de un domingo tortuoso, día bendito si los hay, en el que se juntan en comisión deliberante pasado, presente y proyección de futuro, el deseo del exilio voluntario se vuelve más poderoso. Grita más alto.

Del mismo modo en que Peter Pan cree en las hadas, y por ese solo hecho se vuelven realidad, yo creo en las fugas. En la migración de las almas. Pensar en el cambio despojado de fantasías irrealizables es una manera de darles cuerpo a mis deseos. De ofrecerles una oportunidad en el plano de lo concreto.

Por otro lado, debido a un sello de nacimiento, he vivido en algunos pueblos que dan al mar y sé que ninguna huida es para siempre.

Ser capaces de modificarnos es una virtud que se encuentra en la matriz de nuestro espíritu. Y darle una vuelta de tuerca a nuestra existencia, tal cual es hoy, un acto de inteligencia. La meta sólo es justificable mediante el viaje que debemos emprender para obtenerla. La vida es transcurrir.

Hay existencias que parecen signadas por la desgracia, la locura y la desfachatez. Recuerdo la de Horacio Quiroga, en el increíble periplo de Tenzin Choedrak, médico del Dalai Lama (de quien acabo de comprarme un libro y el hombre que inspiró estas líneas), en Jorge Semprún y sus años cautiverio y luego de clandestinidad, en Jack Kerouac, en Jack London, en las casas que hipotecó Francis Ford Coppola para hacer cada una de sus obras maestras, también en los relatos de un anarquista que conocí hace unos años y que estuvo en las asambleas que se hicieron en la Patagonia, en un amigo que fue carpintero en Estados Unidos y en un millonario que conoció la geografía más bella del planeta en su último viaje en velero.

Vidas. Biografías. Maravillosas síntesis de la historia de la humanidad. Hombres y mujeres como estrellas, seres luminosos que inspiran a otros a iniciar la travesía. A cruzar el Atlántico o conducir hasta que los mapas se acaben.

Es que, al fin, no se trata de casarse sino de amar, ni de tener hijos sino de criarlos, o de ir a China sino de aprender mandarín, o de pintar un cuadro sino de mancharse los dedos, o de ser estrella de rock sino de tocar la guitarra para alguien que te quiere. Hablo de vivir para sumar vida.

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