Mar infinito

Luz de verano por donde pasa el tiempo. Afuera las paredes de granito que no escalo. Adentro 10 mil libros escritos en no más de tres idiomas. Repaso mi pobre alemán. Escucho películas de un inglés imposible. El calor lo explica todo. Pero no es cierto que no eres perfecta. Arriba de una bicicleta. Perdida en la tarde mirando como cae el sol sobre un mar infinito. No es cierto que seas accesible. Tu pasaporte tiene todos los timbres que figuran en mi mapa. Afuera dos hombres construyen una pirámide. Ron Wood toca la guitarra. La paz sea contigo. En la siguiente reencarnación será el truco y la suerte. El sonido de los árboles en la noche.

 

Amnsterdam

Speed of Sound

No vi tus ojos cerrarse por última vez
Ni supe cuanto me querías.
Como siempre llevabas ese pañuelo al cuello
Y yo pensé en tu cuerpo atravesado por los girasoles de Van Goth
Subí el volumen de mi walkman y me fui a New York
Con Coldplay
Con Coldplay
Pensé en ti el día en que vi nacer a mi hija
Pensé en ti el día en que pagué mis propios vicios
Gané mi primer beso
Rechacé una fuga para mi futuro
No estabas ahí
Pero pensé en ti
Entre gentes que no conozco
Siempre
Siempre
Siempre vos
Aunque ya me acostumbre a existir solo
Y no digas que no es fácil
Todos los que conozco tienen a alguien
Yo regalo besos
Escupo mentiras
Escribo poemas a chicas dulces que lloran amargas mientras hacen el amor
No sé dónde estás
No sé quien seas ahora
No sé.
Girasoles sobre tus parpados.
Girasoles cubriéndote por completo
Girasoles encubriendo tu desnudes herida
Subí el wlakman y me fui
Me fui sobre Coldplay
Me fui
Me fui.

Extraño

Me decías te amo por las mañanas
Aprovechabas mi inercia
Me decías cosas que jamás me dijiste de frente
Imagino por qué

Hay afectos que sólo se pueden sostener así
entre sueños
A veces abría un ojo y te decía: “yo también”
Y seguía durmiendo como un oso

Para vos yo siempre he sido un animal
Una vez me definiste como un gato de cabaña
Hinchado de ratas gordas
Ultimamente me comparabas con un toro capón
Medio bruto, medio al pedo

Te extraño amiga, amante, tierra, agua
Extraño tu voz en la madrugada
Tus confesiones
Extraño que me quieras al oído.

Naufragar y emerger

Si tuviera una clave, la usaría. Una forma de posesión. Un arma invisible. Pero no la tengo. Me hundo en la música. Escribo para transcurrir. Y transcurro porque soy el responsable de mi vida y de la de otros. Por lo demás, espero el sonido de tus zapatos acercándose hacia mi. Que puedas saltar de un lado del espejo hacia el otro, donde estoy. Que sea tu cita en el tiempo. Tu momento de hacer, naufragar y emerger.

No vendrías

No vendrías hasta el fin del mundo si no me quisieras. Con tu vestido de flores. Tu cabello negro al viento. Tu mirada sabia. No vendrías a conocer el temblor de las nubes que caen sobre nuestras espaldas. No vendrías a encontrarte con los imposibles que te asaltan a cada minuto en cada camino. No tendrías el gesto del primer conquistador en el rostro. La electricidad en el cuerpo de quien lo está entregando todo. El corazón. El iris de los ojos. Todo. No serías un angel en el cuerpo de un demonio. No sabrías quien soy ni quien eres tú cada mañana.

Nieve en verano

Caminábamos sobre la nieve con la misma destreza de un oso en un pantano. En Cordón Arauco no había osos, ni lobos, ni leones. Yo sólo conocía sus nombres por los relatos de mi madre y mi tía que cada noche nos trasladaban de la Patagonia a Africa por medio de una alfombra mágica: fábulas sacadas de viejos libros de aventuras. También las ovejas y los caballos se quedaban atrapados por la consistencia de una carpeta blanca que estimo debía tener más de un metro. Entonces nevaba con ganas en el sur, le dirían hoy los viejos habitantes. Lo que cae ya no es nieve. No merece llamarse así. Tampoco hace tanto frío y el verano llega mucho antes de lo esperado. Cómo han cambiado las cosas, don.Hacíamos unos muñecos blancos, más grandes que los adultos, y les poníamos una zanahoria por nariz y un gorro y una chalina para que no se resfriaran. Con algunas piedras les inventábamos los botones. Después nos tirábamos encima y los dejábamos en el suelo, todos despanzurrados. Muertos.

Cuando el invierno comenzaba a irse, podía por fin darme el lujo de escapar a mi madre, que insistía en perseguirme con un pequeño vaso en la mano por toda la casa y aun el rancho anexo donde dormían los ovejeros. Era por mi estructura corporal. Por mi bien, me explicaban. Había salido flaco el pollo. Con el propósito de abrirme el apetito me daba a tomar una combinación de nuez molida, huevo y oporto que me dejaba con la boca anestesiada y como si hubiera almorzado la lengua de una serpiente. Eso pensaba entonces, porque ahora estoy seguro de que no sé cómo saben las serpientes y mucho menos sus lenguas.

Por la tarde ayudábamos a arrear ovejas subidos a un caballo. Yo tenía el mío, mi prima el suyo. El mío era rápido. El de ella manso. Yo galopaba. Ella andaba al paso. A mí no se me veían los dientes. A ella sí, el rostro todo cubierto de una alegre sonrisa. Era de esperar, un día pasé del galope salvaje al vuelo con estilo libre y aterrizaje forzoso en el barro. Sorprendido y avergonzado me levante de entre mis cenizas. Sé osado, leí años más tarde en un texto budista. Lo fui. Ahora soy un cobarde de cuerpo entero.

Después del arreo me dejaba caer por el galpón donde guardaban las monturas y arreglaban las patas de los caballos. Arriba de un montón de fardos de lana de oveja me quedaba dormido. A veces no pensaba en nada. En otras ocasiones me dejaba llevar por la hipotética tarea de importar un elefante al sur del mundo. Espacio jamás le iba a faltar, intuía.

Si no dormía la siesta infinita ni correteaba perros ovejeros o pájaros grandotes, masticaba hebras de pasto durante horas y horas escuchando el fluir del agua sobre las piedras. Verán que soy de usar mal la cabeza y me daba por filosofar cuestiones como ésta: ¿qué es el río realmente?, ¿la suma de sus partes?, ¿o alcanzaba con que sólo una estuviera presente para llamarlo río (el lecho, por ejemplo)? ¿Acaso no hay lugares bautizados como “Río Seco”? ¿Un río es un río incluso si está seco? Todavía no encuentro respuestas para aquellas dudas de niño.

Este fin de semana, muchos años después de las vivencias que escribo, vi “Nuevo mundo”, el último filme de Terrence Malick; con Colin Farrell y Q’orianka Kilcher. La película del que también fuera director de “La delgada línea roja” me hizo recordar a mi infancia. Me permitió volver al tiempo en que fui parte de los árboles, hijo del paisaje, medio hermano de la soledad y su música de variados elementos. Malick le rinde homenaje a la naturaleza al final su obra, entonces el director funde a negro y deja el diálogo del bosque y sus habitantes cubriendo la pantalla.

Hay una flor, una rana, una gota de lluvia, un rayo de sol, un viento huracanado y una brisa en cada uno de nosotros.

El contacto que tengamos con ellos, el modo en que descifremos las claves que nos separan de su fuente de energía, será la mayor de nuestras esperanzas.

Oficio de llorona

Mi bisabuela era llorona profesional. Llorona de velorios. Se llamaba Milagros; ¿no es extraña la asociación? De todos modos nunca supe que sus plegarias resucitaran a ningún muerto.

No sabía leer ni escribir y, aun sin los mínimos conocimientos que podía brindarle una educación formal, Milagros conservaba en su  una interminable cantidad de rezos dedicados a una colección de santos que hubieran llenado la catedral de San Pedro. Sospecho que de la Biblia, Cristo, la Santa Trinidad y la Virgen María sabía poco y nada, aunque el “avemaríapurísima” era un mantra bordado en sus labios gruesos. En mi pueblo, como en tantos otros hace años, los velorios duraban tres largas noches. Una morbosa costumbre que Salud Pública se encargó de erradicar.

Milagros vivió mucho, todo lo que pudo: a los 95 todavía estaba en tránsito hacia una sospechosa eternidad. Sus propios hijos ya la miraban como a una especie de auténtico “milagro” contemporáneo. Se mantuvo en el oficio de llorona hasta un año antes de fallecer.

No puedo decir que haya participado de muchos velorios, pero fui testigo de algunos a los que mis padres me obligaron a asistir a pesar de mis quejas de infante. No eran encuentros tristes sino más bien una fiesta al revés donde, en lugar de reír, había que llorar en distintos planos y niveles (a los gritos, en susurros, mediante ruidos simbólicos que ampliaban el rango del dolor) y, a falta de vino tinto y ponche, los participantes se pasaban de mano en mano unos pequeños vasos cargados de pisco sour donde ahogaban sus penas.

La verdad es que se lloraba mucho al principio de la primera noche y al final de la tercera, pero en medio había una especie de enorme espacio que los amigos y los parientes llenaban con alcohol y chistes negros que provocaban risas contenidas. Cada tanto, un tío alegre se acercaba al ataúd destapado donde el difunto pasaba sus últimos momentos sobre la tierra (en breve estaría debajo de ella) y le agarraba la mano con cariño. “¡Ah, Juanito, si estuvieras aquí!” “¡Ah! Jacinta, cuánto te vamos a extrañar!” Y así.

Leí en una revista que los chinos hacen algo parecido. En su caso, según entendí, el funeral se transforma en una auténtica celebración donde todos bailan y cantan. El muerto, bien gracias, en una habitación cercana.

En el nuestro no importaba mucho si los deudos se olvidaban del verdadero motivo por el cual estaban reunidos alrededor del féretro de madera brillante. Para mantener la memoria viva frente al mismísimo Dios, estaba Milagros. Llora que te llora, reza que te reza, llora que te reza que te llora, a no sé cuántos billetes la jornada de lamentos. Eran verdaderos maratones que sólo concluían cuando el tiempo preestablecido por los familiares llegaba a su término.

Lo curioso es que estoy seguro de que tanto mi bisabuela como mi bisabuelo José eran ateos. El resto de sus vida siempre transcurrió en un absoluto silencio con respecto a los temas religiosos. Incluso José rechazó de plano (por no decir que mandó al carajo) al párroco que había acudido a darle la extremaunción. “¡Mentiras! ¡Son todas mentiras!”, se le escuchó decir entre estertores.

Milagros lo sobrevivió 15 años. El último mes de su extensa saga lo pasó con nosotros, sentada en una silla junto a la cocina, sin emitir una palabra y con los ojos llorosos. Una especie de alma en pena aferrada a la vida con muda desesperación.

Su muerte no tuvo un velorio como los que ella solía amenizar. Y esta ausencia fue una bisagra para las costumbres de una época. Todo resultó mucho más expeditivo. Caminamos con el torso inclinado por calles polvorientas detrás del coche fúnebre hasta el cementerio donde la enterraron por siempre jamás.

Hijos, nietos, bisnietos y viejos amigos mantuvieron un respetuoso silencio durante el trayecto. Acaso alguno masticó un gemido, pero yo –que acompañé sus días finales– no lloré a Milagros. Para qué, ella ya había llorado bastante.