No, no estás triste

Si te preguntan lo negarás de plano: no, no estás triste. Es sólo que has decidido abandonarte a la tarde soleada. Dejar que el tiempo pase a través de ti. Entre las 15 y las 18. Sin oponer resistencia. Y los pensamientos se abren paso. Un desfile de imágenes. De niño vestido con pantalones cortos de una tela gruesa, incómodos. Junto al mar jugando a construir un castillo que se llevarán las olas. En una noche adolescente pensando en cómo será tu primer beso, y un segundo después, creyéndote todo un hombre, en cómo será tu primer sexo. Podrías caer fulminado en este preciso instante en que el sol penetra tus párpados dejándote ciego. Podría ser el lugar y el momento de teletransportarte a un planeta lejano. Si te lo preguntan dos veces, quizás no mientas y lo reconozcas: estás triste. No puedes dar razones. Que estúpida es la nostalgia. Tal vez estás triste porque lo que sos. O por lo que no sos y quisiste ser ¿Vale la pena hilar tan fino? Sólo sirve reconocer que nunca fuiste tan conciente de que perteneces a una energía coincidente. Estás constituido por pequeños fragmentos unidos por la voluntad del universo y ahora mismo, otros fragmentos, hijos y nietos de vientos milenarios atraviesan tu cuerpo. Después de todo, quizás sí, estás siendo teletransportado a la próxima galaxia.

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