Los Soprano, los malos vuelven

Hubo un tiempo, inaudito, en que Los Soprano no existían en la televisión. Siempre estuvieron presentes en el imaginario colectivo en la forma de los personajes de “El padrino” y con las apariciones fugaces, borrosas que John Gotti y compañía hacían en “The New York Post”.

En realidad, los mafiosos fascinaban desde las sombras. Gracias a Gotti, ningún “señor modestia”, se sabía que usaban corbatas de seda oriental y trajes de 5000 dólares. Que fumaban puros cubanos y bebían champagne en los más exclusivos VIP de la noche de Nueva York, Chicago y Las Vegas.

Hasta donde la información alcanzaba, los capos mafia no estaban particularmente interesados en el cine. Por eso no se los vía por Los Angeles. ¡Y Miami? Humm, demasiado soleado para hacer ciertos negocios.

Pero aquellas eran puras teorías. Hasta que llegó la familia Soprano y se dedicó a darle la razón a las leyendas urbanas y, de paso, contradecir una serie de ideas que se tenían con respecto a la intimidad de los delincuentes más glamorosos que conoció la historia del crimen: los hijos y ahijados de la Cosa Nostra.

Una de los tantos detalles que los neófitos aprendieron fue que, quizás, sólo quizás, los mafiosos tuvieran ataques de pánicos, momentos de angustia, padres y tíos geniales e idiotas e, incluso, una familia muy normal en un barrio clase alta, donde las mansiones se disputan el espacio a los codazos. Es más, también se trataban con una sensual terapeuta de la cual se enamoraban sin remedio.

Increíble pero cierto: los mafiosos sacaban su basura, igual que usted o

yo. Okay, convengamos en que a veces en la bolsa negra no sólo iban latas de cerveza, también un dedo, una cabeza cercenada o los documentos de un finado.

Cuestiones del oficio.

La primera temporada de “Los Soprano”, que hoy, a las 21, comienza a emitir Warner (tras su paso por la señal codificada HBO, que la produjo y la emitió durante siete temporadas), fue la mejor no sólo por su calidad visual y la estatura de sus diálogos, sino porque fue la más atrevida.

Señaló con virtud todo lo que no se decía de los mafiosos y agregó más. Puso notas al pie de página. Empujó los límites de la sabiduría callejera. Estableció normas y reglas del juego que eran ignoradas por la masa.

Resultó tan poderosa su convocatoria, fueron tan creíbles sus planteos, que se comenzó a desarrollar un extraño juego entre la realidad y la ficción. Un juego de póker donde verdad y mentira tenían el rostro del Joker. Los mafiosos, según pudo comprobar el FBI, durante los primeros años de la serie, se dedicaron a imitar el estilo tan característico de Tony Soprano y sus lugartenientes.

De pronto los trajes, los habanos y las calles que frecuentaban estos muchachos se pusieron de moda.

Por sorprendente que suene, después de “Los Sopranos”, ser un mafioso cabal requería un conocimiento no menor de las alternativas de programa.

Cuando a las librerías llegó un libro acerca de “cómo vestir y andar al estilo Soprano”, significó un emergente de toda esa fiesta bruja que rondaba a la serie, creada por David Chase.

Se dijo que James Gandolfini, tenía contactos habituales con algunas de las familias mafiosas, que recibieron asesoramiento de auténticos sicarios de la Cosa Nostra y que si los guiones se evidenciaban tan reales era porque, al fin, la mafia había puesto sus narices en la serie.

Tal vez lo único cierto de tantas hipótesis oscuras, fuera que los mafiosos se sintieron tan atrapados por la serie como el resto del público y no dudaron en homenajear a sus artistas preferidos.

La idea subyacente en “Los Soprano”, que convirtió a Gandolfini en uno de los actores mejor pagados de la historia de la televisión norteamericana después de muchas tironeos, es tan insolente como perturbadora: los mafiosos también tienen sentimientos y rutinas al igual que cualquier hijo de vecino, con la diferencia de que en lugar de ir a la oficina van al club de nudistas, luego a la calle y después aterrizan en el cuello de algún pobre infeliz que les debe dinero.

Todo un signo de estos tiempos violentos.

Publicada originalmente en diario “Río Negro”

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