Viaje

Despiertas. Es la nada. Estás del lado equivocado de la cama. Por un momento creíste haber levitado. Como un mago. Como un fantasma. No sos nadie. No sos más que un espejo de la noche. Todas fichas te caen al mismo tiempo. Fuiste una monja en la India. Un guerrero caído en el campo de batalla en Escocia. Un jugador de golf gordo y engreído en Las Vegas. Un amante en Venecia. Un suicida en Berlín. Fuiste el que lloró por Jesús sin conocerlo. Y el rockero que jamás llegó a tocar en Woodstock. Fuiste una ninfa. Y un demonio. El siervo y el condenado. El paje y el caballero. El buscador y el arraigado. El niño y el anciano. Todo eso en un segundo, en una fracción de segundo. Luego descubres que no. Que estás ahí. En tu casa. En tu dormitorio. Y que tus hijos duermen. Y que tu mujer sigue enojada con vos. Y que bebiste de más anoche. Y que necesitas un Uvasal. Que sos un hombre, una mujer en este siglo, en este milenio. Piensas en flores. No sabes por qué.

Los Soprano, los malos vuelven

Hubo un tiempo, inaudito, en que Los Soprano no existían en la televisión. Siempre estuvieron presentes en el imaginario colectivo en la forma de los personajes de “El padrino” y con las apariciones fugaces, borrosas que John Gotti y compañía hacían en “The New York Post”.

En realidad, los mafiosos fascinaban desde las sombras. Gracias a Gotti, ningún “señor modestia”, se sabía que usaban corbatas de seda oriental y trajes de 5000 dólares. Que fumaban puros cubanos y bebían champagne en los más exclusivos VIP de la noche de Nueva York, Chicago y Las Vegas.

Hasta donde la información alcanzaba, los capos mafia no estaban particularmente interesados en el cine. Por eso no se los vía por Los Angeles. ¡Y Miami? Humm, demasiado soleado para hacer ciertos negocios.

Pero aquellas eran puras teorías. Hasta que llegó la familia Soprano y se dedicó a darle la razón a las leyendas urbanas y, de paso, contradecir una serie de ideas que se tenían con respecto a la intimidad de los delincuentes más glamorosos que conoció la historia del crimen: los hijos y ahijados de la Cosa Nostra.

Una de los tantos detalles que los neófitos aprendieron fue que, quizás, sólo quizás, los mafiosos tuvieran ataques de pánicos, momentos de angustia, padres y tíos geniales e idiotas e, incluso, una familia muy normal en un barrio clase alta, donde las mansiones se disputan el espacio a los codazos. Es más, también se trataban con una sensual terapeuta de la cual se enamoraban sin remedio.

Increíble pero cierto: los mafiosos sacaban su basura, igual que usted o

yo. Okay, convengamos en que a veces en la bolsa negra no sólo iban latas de cerveza, también un dedo, una cabeza cercenada o los documentos de un finado.

Cuestiones del oficio.

La primera temporada de “Los Soprano”, que hoy, a las 21, comienza a emitir Warner (tras su paso por la señal codificada HBO, que la produjo y la emitió durante siete temporadas), fue la mejor no sólo por su calidad visual y la estatura de sus diálogos, sino porque fue la más atrevida.

Señaló con virtud todo lo que no se decía de los mafiosos y agregó más. Puso notas al pie de página. Empujó los límites de la sabiduría callejera. Estableció normas y reglas del juego que eran ignoradas por la masa.

Resultó tan poderosa su convocatoria, fueron tan creíbles sus planteos, que se comenzó a desarrollar un extraño juego entre la realidad y la ficción. Un juego de póker donde verdad y mentira tenían el rostro del Joker. Los mafiosos, según pudo comprobar el FBI, durante los primeros años de la serie, se dedicaron a imitar el estilo tan característico de Tony Soprano y sus lugartenientes.

De pronto los trajes, los habanos y las calles que frecuentaban estos muchachos se pusieron de moda.

Por sorprendente que suene, después de “Los Sopranos”, ser un mafioso cabal requería un conocimiento no menor de las alternativas de programa.

Cuando a las librerías llegó un libro acerca de “cómo vestir y andar al estilo Soprano”, significó un emergente de toda esa fiesta bruja que rondaba a la serie, creada por David Chase.

Se dijo que James Gandolfini, tenía contactos habituales con algunas de las familias mafiosas, que recibieron asesoramiento de auténticos sicarios de la Cosa Nostra y que si los guiones se evidenciaban tan reales era porque, al fin, la mafia había puesto sus narices en la serie.

Tal vez lo único cierto de tantas hipótesis oscuras, fuera que los mafiosos se sintieron tan atrapados por la serie como el resto del público y no dudaron en homenajear a sus artistas preferidos.

La idea subyacente en “Los Soprano”, que convirtió a Gandolfini en uno de los actores mejor pagados de la historia de la televisión norteamericana después de muchas tironeos, es tan insolente como perturbadora: los mafiosos también tienen sentimientos y rutinas al igual que cualquier hijo de vecino, con la diferencia de que en lugar de ir a la oficina van al club de nudistas, luego a la calle y después aterrizan en el cuello de algún pobre infeliz que les debe dinero.

Todo un signo de estos tiempos violentos.

Publicada originalmente en diario “Río Negro”

Fotografía: Alec Holst/School of Visual Arts

El de arriba es un famoso y polémico pensador, cientista político y social norteamericano: Charles Murray. Es el hombre que una vez dijo que las posibilidades de progreso en una persona estaban determinadas por su coeficiente intelectual. Hace unos días lo entrevistó “The New York Times”, y sus declaraciones fueron muy polémicas. Por un lado asegura que para gran parte de los estudiantes la universidad es una perdida de tiempo porque, entre otros motivos que señala, no entienden casi nada de lo que se les enseña. Otra de sus aseveraciones dice que hay más futuro laboral y mejor remuneración en las profesiones de habilidades técnicas como electricista o plomero, que en otras tradicionales. Y hay más. Pero no les arruino la sorpresa. En el fondo, lo que hace es dar vuelta el tablero y cuestionar todo lo establecido.

Cientista social, autor de “The Bell Curve”
Entrevista a Charles Murray

Por Deborah Solomon

-Aunque asistir a la universidad ha sido tradicionalmente un elemento básico del sueño americano, usted sostiene en su nuevo libro, “Real Educación,” que muchos chicos están apunto de perder su tiempo tras la búsqueda de una licenciatura.
-Si, pensemos en cómo hacer para que los chicos puedan decirle a un empleador lo que saben y no donde lo aprendieron.
-Usted puede ser el primer cientista social en afirmar que sólo el 20 porciento de todos los estudiantes universitarios tienen el cerebro y la habilidad para entender el material de lectura asignado.
-El 80 porciento no es capaz de hacer frente al nivel de los materiales que se ofrecen en la universidad. Alguien puede sentarse con un texto de Paul Samuelson, mirar las páginas y saber lo que significan la mayoría de las palabras. Eso no quiere decir que salgan de allí comprendiendo sobre la economía que se enseña en el libro.
-¿Qué es lo que usted propone que haga ese joven de 18 años en lugar de tratar de aprender la diferencia entre macro y microeconomía?
-Oh, ¡el mundo del trabajo!
-¿Estoy segura de que es conciente de que el nivel de desempleo es muy alto en este momento?
-Hay muy pocos desempleados entre los electricistas de primera clase. Puedo encontrar un buen doctor en un minuto y medio. Pero encontrar un buen electricista, eso es duro. Si usted pretende trabajos con alta demanda laboral, preste atención a la mano de obra calificada. Y por trabajos de mano de obra calificada me refiero a actividades que se pagan entre 30 y 40 dólares la hora.
-¿Es su nuevo libro una extensión de “The Bell Curve”, el cual provocó un escándalo en 1994 al sugerir que las personas son tan prometedoras como el puntaje de su test de inteligencia.
-En muchas maneras es una destilación de temas sobre los que he venido pensando desde “The Bell Curve”.
-Los europeos históricamente se han definido a sí mismos a través de sus rasgos heredados y los títulos, ¿pero no es Norteamerica un país donde se supone que tenemos que definirnos a nosotros mismos mediante actos de voluntad?
-Me pregunto si hay una única y solitaria profesora de escuela pública que esté de acuerdo con la tesis de que todo es una cuestión de voluntad. Para mí, el hecho de que la capacidad varía -y varía de formas que son imposibles de cambiar- es algo que aprendemos en primer grado.
-Creo que si se les dan la oportunidad, la mayoría de las personas podría hacer algo más que simplemente nada.
-Está fuera de contacto con la realidad en ese sentido. Usted no ha estado niños que se encuentran bien en la mitad inferior en lo que a distribución de la capacidad se refiere.
-¿Y está usted en contacto con esa realidad? Durante casi dos décadas, ha formado parte del American Enterprise Institute, el laboratorio de ideas conservador de Washington ¿Por qué un auto declarado liberal, el partido que exalta el individualismo, ocupa su carrera desarrollando una actividad de beneficiencia financiada por el gobierno?
-Pero no ocupo mi carrera en eso. La gente aporta voluntariamente al A.E.I. -no hay dinero del gobierno – porque cree que el trabajo que hacemos es valioso.
-¿No son básicamente grupos de reflexión para el bienestar de los intelectuales?
-En realidad, lo interesante de esto es cómo los grupos de reflexión han estado produciendo, en lo últimos 15 años, materias que han tenido mayor efecto en el debate, en contraposición con las instituciones educacionales tradicionales.
-¿Que piensa del hecho de que John Mccain fue calificado con el número 894 en una clase de 899 estudiantes graduados en U.S. Naval Academy?
-Me gusta pensar que la razón por la cual terminó tan abajo es porque él andaba por ahí, tomándose una cerveza, más que porque fue alguien incapaz de aprender cosas.
-¿Qué opina de Sarah Palin?
-Estoy enamorado de ella. Verdadera y profundamente enamorado.
-Ella asistió a cinco colegios en seis años
-¿Y?
-¿Por qué el clan McCain está tan ansioso por publicitar su anti intelectualismo?
-Lo último que necesitamos son intelectuales “cabeza punteaguda” manejando el gobierno. Probablemente el presidente más inteligente que tuvimos, en los últimos 50 años, en términos de coeficiente intelectual haya sido Jimmy Carter y, creo, fue el peor presidente de los últimos 50 años.