El sustento de los sueños

En la foto, Antonio en pose de boxeador, La Nona, es la chica joven arriba de un caballo. Un rancho en el fin del mundo.

El rancho, porque no era más que eso, estaba ubicado a unos cien metros del camino que une Puerto Natales con Punta Arenas. Formaba parte de una estancia de unas 5 mil hectáreas a la que le decían Campo de la Flores.
A unos kilómetros, por atrás de los establos y el galpón donde se guardaban los aparejos, cruza un río donde a veces nos bañábamos, y mucho pero mucho más hacia lo lejos, se levanta una cadena de montañas, de entre las cuales surge un valle profundo que visto desde la ruta refleja un azul y un marrón que no alcanza a ser verde.
Vivíamos allí, en familia, precariamente. Al costado había otra construcción, un salón amplio en el que se apilaban catres y literas. Era el lugar de descanso de los ovejeros durante la época de la esquila. Los gauchos del sur.
Me gustaba escuchar sus historias de fantasmas, asistir a la transformación de sus miedos en fantasías y relatos. Mi abuelo me dejaba quedarme allí hasta la medianoche. Con mi rostro apenas alumbrado por el rojo candente de un tacho al que le iban metiendo leña seca, esperaba a que sus palabras surtieran un efecto narcótico y alucinatorio: luces malas, barcos fantasmas, demonios que roban espíritus.
Otras noches eran amenizadas, aunque en el rancho y sobre las camas, por mi madre y mi tía, La Nona, que con paciencia finita nos leían a mi prima, Paola y a mi, relatos de Julio Verne y otros autores que no recuerdo. Eso sucedía a la luz de una lámpara de querosén.
Aun hoy no deja de asombrarme que en el fin del mundo, perdidos en una cabaña construida a base de madera y algo de chapa, dos mujeres jóvenes introdujeran a sus hijos en el territorio de la literatura. Vivíamos de un modo tan salvaje, tan natural y despojado, que los libros y los relatos de los “viejos”, como les decía mi abuelo Antonio a los trabajadores, componían un único y preferencial contacto con la civilización y el arte. Instalados en el Jardín del Edén nos fugábamos a la Tierra de Nunca Jamás.
En las tardes de verano me dedicaba a pasear a caballo, o le ayudaba a mi abuelo a controlar algunos de los animales sueltos. Nada severo. Pero, en general, hacía lo que se me daba la gana, que no era otra cosa que andar durante horas dejándome llevar hacia las montañas y los bosques vírgenes de cualquier contacto humano. A veces me encontraba con tropillas de caballos salvajes o con las trampas para puma que dejaba Antonio. Bebía el destilado de la inaudita soledad. Nadie, nunca.
Cuando el frío se hacía insoportable volvíamos al pueblo. Pero al llegar las nieves definitivas, hacíamos excitados la ruta inversa. En la inmensidad del sur, la nieve tenía metros de espesor, las ovejas pedían auxilio y los caballos pasaban de largo hacia un suelo ahora incierto.
A lo largo mi vida he transcurrido por innumerables casas, junto a gentes de lo más variopintas: con una abuela fría y dura que un día echó a mi madre y a su crío, cuando esta recién se separaba de un hombre de natulareza atormentada, mi padre; con unos tíos queridos y comprensivos que nos prestaron una litera y un cuarto algo más grande que un ropero, donde permanecimos espectantes por dos años; con un grupo de coreanos emigrados a mi pueblo que ocupaban la pensión de mi abuelo, ya retirado del campo, mientras mi madre jugaba a las cartas con dios en Santiago; en el cuarto de al lado de unas putas de peinados enormes y perfume penetrante, en la época en que dejé el sur y lo cambié por Buenos Aires, acompañando temporalmente a unos amigos instalados en un hotel de mala muerte en Tucumán al 700; en una casa interior que sirvió de refugio a gentes que se ocultaron de la dictadura militar, y a la cual todavía le quedaban sonidos de un pasado tortuoso.
No he dejado de pensar en el campo y en el humilde rancho en el que crecí. No he querido, no he podido olvidarlo. Este verano, mientras me dirigía a un aserradero en procura de unas maderas que al final no iba a comprar, observé desde una camioneta lo que quedaba del rancho, ahora reconvertido en casa patronal, y el misterioso valle detrás.
Allí quiero ir, fue lo primero que cruzó mi mente. Desde entonces lo he pensado mucho. No será fácil, ni expeditivo, demoraré entre idas y vueltas unos siete o más días. Para llegar al valle deberé conseguir ciertos permisos de una vieja familia acentada en las cercanías, luego comprar los caballos y conseguir quien me acompañe porque en esa zona uno puede tomarse a la risa muchas cosas, excepto la geografía y el caracter impredecible del clima.
El lugar que pretendo conocer nace en la hendidura entre dos montañas que deben andar por los 1500 metros de altura. Estoy seguro que no demasiados han hecho el recorrido completo. Un día al pasar se lo comenté a Antonio, que todavía vive y supongo que lo hará para siempre, y me mencionó un nombre que olvidé parcialmente: “Laguna negra” o algo por el estilo. También sacó a relucir un apellido. Todo cruzó mi cabeza sin dejar rastro.
Apenas si tengo la voluntad de ir. En eso estoy, pensando en cómo hacer y cuando ¿De esto se tratan los sueños que nos mantienen vivos?

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