Celulares: más allá del umbral de la necesidad

Son estéticamente perfectos y dueños de una variedad de prestaciones que incluso superan las expectativas del consumidor. El G1 y el I Phone se disputan un mercado en alza. Poco importa si sus compradores llegarán un día a utilizarlos al máximo de su capacidad. Una reflexión sobre la utilidad y el deseo en materia de tecnología.

Extraña paradoja la que enfrenta el consumidor de hoy en día. Sin jamás llegar a enterarse, las prestaciones de los objetos que adquiere en el mercado pueden superar con mucho sus propias espectativas o, por el contrario, estar por debajo de lo que realmente este hipotético comprador necesita.
Los celulares son el paradigma de un futuro que se ha adelantado algunos años. Son portadores de servicios que remiten a desquiciadas novelas de ciencia ficción y que, sin embargo, probablemente nunca terminen utilizados en su totalidad. Por supuesto, en el camino hay que pagar por la existencia de dichos servicios. Se ejecuten o no.
A cierto tipo de consumidor le resultará indiferente si la cámara digital integrada a su teléfono tiene una resolución de 3,2 megapixeles o de sólo 2. Y si esta persona, que desea estar parada en el último escalón de la tecnología de alto consumo, no tiene mayor afecto hacia la música, tampoco entenderá como se almacenan 250 canciones de diversos artistas de moda, de los más exóticos géneros, que no le interesan. Acaso no utilice el G Talk disponible en el G1, ni las aplicaciones “Doc”, que ha venido popularizando Google desde hace un rato, como una opción gratuita y eficiente a los sets de aplicaciones comercializados por Microsoft.
Los celulares, como las computadoras, como los televisores de pantalla plana, han cruzado un umbral invisible -el que separa la necesidad del deseo- para llegar a un punto en el que discurso de sus posibilidades es tan amplio que sólo alcanzamos a experimentar una parte. Fragmentariamente. Del sonido envolvente que nunca probamos, a la pantalla personalizada que jamás personalizamos por falta de pericia o tiempo, hasta a la sincronización o no, de la Palm o el celular con la PC, para traspasar los datos de una libreta de direcciones que, ¡ups!, tampoco elaboramos puntualmente.
Un comercial a la inversa podría argumentar: “Compre un G1 y un I Phone para, al final, no enterarse de todo lo que no llegará a usar de su flamante celular ¡y por lo que está pagando!”.
Los Angeles. Corre el año 2019. Deckard camina por las calles sobrepobladas en búsqueda de un “Replicante”. Aunque carga un arma de alto impacto y tiene en su poder aparatos de compleja tecnología que le sirven para saber quien es un robot y quien no, este detective del futuro, carece de celular.
El celular, y sus versiones “office”, como el G1 e I Phone, son producto de una imaginación elástica que saltó por sobre los hombros de los creadores de la fantasía literaria. Tan alto y extenso han saltado estos artistas de la informática y el diseño, que algunas de las prestaciones ofrecidas, parecen no haber prefigurado en la agenda de nadie. O de muy pocos.
La funcionalidad de un celular es sólo uno de los aspectos que definen a un producto destinado a  marcar su época: vamos más rápido que nuestra capacidad de reflexión.
Poco importará esto a los que quieran ingresar al exclusivo club. La era de las computadoras ambulantes, transfiguradas en teléfonos que necesitan de extrañas presentaciones (I “algo”, G “algo”), ya es un hecho indiscutible.

* Este artículo es un adelanto del que aparecerá publicado el domingo en el Suplemento Económico del “Río Negro” que incluye un info con todos los datos que caracterizan a los modelos.

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