Por qué no me gusta la universidad

Nunca me gustó demasiado asistir a la universidad. Y no hubiera sido un problema de no ser porque prácticamente odié también ir a la salita de cuatro, y al primario y al secundario. Apenas si podía soportar la idea de permanecer encerrado en un aula mirando al frente. El afuera se me antojaba mucho más prometedor que una clase de geografía, matemáticas o ciencia naturales. Sobra aclarar que era un alumno mediocre incluso en temas supuestamente afines a mi personalidad tales como literatura, gramática e historia. Un hecho que sólo revelaba -o debía revelar- una mediocre inteligencia. Sospecho que no estaba sólo en esta cruzada de manifiesto desinterés por la salir del ignominia.
Crecí sabiendo que perdía mi tiempo en las instituciones educacionales fueran cuales fueran. Cada intento por aprender no hacía más que graficar mi fracaso como estudiante. En estos casos uno tiende a adjudicarle la culpa a un profesor en especial, a una materia, a una escuela. Con los años cambié mi punto de vista hasta responsabilizarme de todo yo solito. La culpa de ser un tarado era sólo mía. Mis padres habían hecho lo mejor para mi, los profesores, mis amigos, mis profesores particulares cuando los había necesitado (y cuanto), el universo entero.
A medida que me fui convirtiendo en un adulto mayor, comencé a entender que no todas las personas pueden rendir del mismo modo ni asistir a los mismos métodos de enseñanza y que esto no establece parámetros definitivos de inteligencia. Es lo que nos diferencia de los animales (que bien pueden asistir a una academia canina y terminar aprendiendo a dar la pata) y de las máquinas, que en fila ensamblan eficientemente la piezas de algo que se transformará en un automóvil o una cafetera eléctrica.
¿Me faltó disciplina en el camino de mi formación? Pues, este es uno de los puntos centrales en la vieja discusión universidad formal versus la universidad de la calle. Desde que tengo memoria, he sido un amante de la lectura hasta un punto en que sólo podría considerarse una disciplina. Leo porque lo disfruto, aprendo cosas y porque es una llave que hace funcionar un mecanismo psicofísico que, creo, me acerca a un espacio mágico. Leo por las noches, por la tarde y, en muchas ocasiones, a la madrugada (a eso de las 5 AM). Darle una mirada a un diario no requiere mayor esfuerzo ni corporal ni emocional, leer todos los días, a cualquier hora del día, sobre los más variados temas, creo que es otra cosa.
Apartir de tal experiencia -y de la de otros periodistas e intelectuales como Claudio Uriarte, Salvador Benesdra, Oscar Masotta, Borges, entre muchos otros que carecieron de estudios convencionales y se las arreglaron con bibliotecas públicas o al interior de sus casas- entiendo que existe una oportunidad de mirar los hechos de un modo distinto. ¿Por qué una persona puede aprender determinadas artes, oficios y saberes de un modo caótico, no parametrizado aunque exigente y no en una institución donde se han establecido dosis y cuadrículas para el conocimiento?
En términos generales existe un sólo gran método de enseñanza. Un sistema predominante. Cualquiera que no consiga entrar en el molde, será desechado o la pasará mal. La “materia filtro” es un símbolo de esto, que en el fondo no hace más que graficar la necesidad de regular burdamente el mercado interno de las carreras.
He escuchado un millón de veces la frase: “la universidad me sirvió para”. Pero rara vez se discute para qué “no” sirve la educación formal. Queda mal decirlo, como si la institución universitaria fuera una prolongación de la Iglesia, digna de permanecer impoluta. Incuestionable.
El hecho de que ese sistema de educación me parezca caduco y comercial, no quiere decir que lo deseche por completo. Por ahora, es lo que hay. Tiempo atrás Alvin Toffler aseguró que la educación público y el mercado, iban a velocidades muy distintas: “¿Puede un sistema educativo que va a 15 km por hora preparar a sus alumnos para trabajar en empresas que van a 160 km por hora?”, se pregunta el autor de “La revolución de la riqueza”.
No es casualidad que en los últimos 20 años, y existiendo un grado tan alto de explosión tecnológica, los métodos de enseñanza continúen siendo rudimentarios y escasamente dinámicos: profesor al frente, comisiones de alumnos numerosas esperando su dosis. Como no es de extrañar que en el mismo periodo, profesiones antes consideradas marginales, under -como la de electricista, carpintero o fontanero-, se encuentren entre las mejor remuneradas en los países desarrollados. Y que otras -como el diseño en su variada gama de posibles ejecuciones prácticas, la estructuración y administración de redes de información, y un repertorio de saberes que apuntalan negocios no tradicionales-, no encuentren un espacio cabal donde ser enseñados. ¿Es un hecho fortuito que Super Mario Bross, el héroe de lo cotidiano, sea un fontanero?
“Vamos a hablar de cómo hacer para que los chicos puedan decirle a un empleador lo que saben y no donde lo aprendieron”, le dijo la semana pasada Charles Murray, científico social y autor de “The Bell Curve”, a la periodista Deborah Solomon del “New York Times”. Murray afirmó en su último libro “Real Educación”, y para espanto de los especialistas, que muchos jóvenes están apunto de perder su tiempo en la búsqueda de una licenciatura.
Las sociedades en crecimiento pontificaron la idea de que el conocimiento y el acto de aprendizaje, cuadrimetrados, representan una necesidad y el camino más serio hacia el desarrollo personal. Antiguos métodos de enseñanza fueron relegados bajo el pretexto de que no son eficientes. Existe una necesidad muy obvia de disfrazar la vocación industrial de muchas instituciones de enseñanza del siglo XXI. Ya lo cantaba Rogers Waters, líder de Pink Floy, “Otro ladrillo en la pared”.
El sistema actual permite reunir a varios grupos de estudiantes en torno a un mismo espacio físico, otorgarles un tiempo de atención determinado y predecir sus conductas futuras. Todos pagan por saber lo mismo, y finalmente, todos irán detrás de similares trabajos. Es interesante ver aquel filme con Jim Carrey, “Las aventuras de Dick y Jane”, en el cual el protagonista asiste a una entrevista de trabajo con otros cientos de candidatos, vestidos exactamente igual a él y que pretenden el mismo puesto. Y es que uno de los mayores defectos del sistema universitario es haber propuesto escalas de valores para ciertas profesiones, ahora saturadas, en demérito de otras no aptas para figurar en el cuadro de honor de la familia. “La mitad de los 10.000 estudiantes de la UTN en Buenos Aires cursa Sistemas. Pero necesitamos que estudien tecnologías de mainframes, que es donde el resto del mundo nos está pidiendo recursos. Necesitamos que más estudiantes hablen inglés. Falta mayor desarrollo de tecnicaturas”, señaló a “iEco”, un ejecutivo en IBM.
El conocimiento segmentado en piezas que van entregándose clase tras clase como si fueran píldoras o partes de un rompecabezas, es una operatoria destinada a conseguir un estandar de calidad y, a la vez, una eficiente fórmula comercial. Recordemos lo que le dice Will en “En busca del destino” a un estudiante de primer grado de Harvard: “todo lo que te enseñaron este año en Harvard por un montón de plata que pagaron tus padres, yo lo aprendí por 50 centavos en la Biblioteca Pública”. A lo que el otro responde: “Pero tus hijos van a ser empleados de los míos”. Bueno, yo ya no estaría tan seguro de eso.
Existe una realidad laboral que no condice con lo que ocurre en los centros educaciones. Deficiencias de formación básica, sobrepoblación de carreras no vinculadas a la investigación, el servicio o la productividad (justamente no pocas de estas son caras, prestigiosas y no necesitan de demasiada estructura), son algunos de los síntomas de la decadencia de una concepción educativa que tiene varios siglos de espesor.
La formación universal de un ser humano podría empezar en la universidad pero difícilmente certifique algo ¿Qué ocurre con los chicos que se niegan a dar el alto y el ancho del estandar?: “Estarán condenados a la marginalidad y a los empleos peor pagados”, es lo que asegura el discurso corporativo.
Lo curioso es que la realidad indica otra cosa. Estudios demuestran que muchos de los negocios que cada año se inician en los Estados Unidos, les pertenecen a personas que apenas cursaron el secundario.
Daniel Goleman, autor de La inteligencia emocional”, le comentó a Franciso Zárate de “Clarín”, días atrás, que hay universidades que sí están haciendo esfuerzos por cambiar y modernizarse tanto en sus estrategias como en temas que no son de lo más comunes. Dijo Coleman: “Richard Boyatzis, de la Case Western Reserve University, imparte un curso para ejecutivos en el que se diagnostican sus fortalezas y limitaciones en temas como equidad o autocontrol. Después, aprenden a mejorarlos de forma sistemática cuatro o cinco meses. Al final son evaluados de nuevo en una forma muy interesante: no lo hacen en la escuela, sino con gente que los conoce bien”.
Una prueba de que quedan horizontes educativos por explorar y un molde por romper.