¿Por qué se matan los escritores?

David Foster Wallace fue un escritor medianamente conocido en esta parte del mundo. Digo fue porque hace unos días se suicidó. Sus contemporáneos, ya sea la crítica, sus colegas de oficio o seguidores, lo consideraban brillante. Hubo incluso quien lo llamó un verdadero genio contemporáneo.
El 13 de septiembre pasado su esposa lo encontró colgando del techo en su casa de Claremont, California. Dejó tras de sí una obra de notable calidad y coherencia compuesta de novelas, artículos y ensayos. Su novela de largo, larguísimo aliento, “La broma infinita”, llegó a ser considerada por “Times”, una de las mejores piezas escritas en lengua inglesa desde 1923. Un periodo en que se ha cocinado buena parte de lo más excelso de la cultura literaria anglosajona.
Nada de esto, ninguno de los elogios que un talento como el suyo supo cosechar, le sirvió para distraerse del profundo dolor y acaso el desconcierto que lo atenazaba. Como John Kennedy Toole, como William S. Burroughs, como Hunter Thompson, Foster Wallace propició su final de un modo violento.
En no pocas reseñas acerca de su persona me he encontrado con periodistas, críticos o analistas que se preguntan, de un modo un tanto inocente, ¿cómo pudo hacerlo? O bien ¿aun se buscan las explicaciones que lo llevaron a tomar semejante decisión? Digo inocente, puesto que en la biografía de Wallace estaba apuntado desde hace rato que el tipo era un depresivo crónico. Un hombre que los últimos 20 años debió permanecer medicado para sortear sus impulsos suicidas. Su deceso, no pudo ser tampoco una gran sorpresa para sus familiares cercanos y su esposa. Su padre declaró poco después del hallazgo que la última vez que vio a su hijo, en agosto, estaba severamente medicado y hasta se había sometido a una terapia de electroshock.
Me parece más curioso descubrir como es que ciertas personas son capaces soportar la presión de su medio y de su propia psicología sin pegarse el tiro del final, antes que la decisión drástica de unos seres agotados y vacíos de esperanza. Vivir, y esto lo digo pensando en los analistas literarios que todavía rascan el fondo de la olla que dejó Foster Wallace, no es fácil para nadie y para algunos es poco menos que una tortura.
La sensación de finitud, de rutina circular que envuelve a tantos hechos cotidianos, es bien capaz de desatar la tragedia. Y esto se vuelve densamente peligroso cuando, como medio de creación y para ganarse el pan, se utiliza como materia prima a las emociones. Hace unos años, un famoso heavymetalero, comentó que el peor momento de su día era cuando llegaba la hora de sacar la basura. Entonces le daban unas tremendas ganas de matarse o, como mínimo, de emborracharse y drogarse hasta perder la conciencia. Sacar la basura era el símbolo que graficaba que ya no estaba de gira y que la vida perdía su cuota de adrenalina.
Foster Wallace se suicidó, en principio, porque sufría. Porque seguramente su pasado, uno del que no sabemos nada en detalle, no había sido del todo confortable. No fue capaz de elaborar su conflicto y contrariamente a lo que le sucedía con la literatura, no encontró las palabras mágicas que le permitieran fugarse del laberinto en el que se hallaba prisionero. Porque, convengamos en que Foster Wallace sigue allí.
Hace unos días llegó a las librerías un libro suyo realmente interesante, “Hablemos de langostas”. En este volumen se reunen una serie de ensayos que abarcan temas tan diversos como la pornografía, la política y las fiestas tradicionales al interior de los Estados Unidos. Sin embargo, el ensayo que más me conmovió por su preclaridad y desenfado fue el que su autor dedica a la industria pornográfica.
Foster Wallace disecciona el negocio del sexo a partir de los Premios Anuales AVN (Adult Video News), encuentro al que asiste como simple cronista ¿Quién pudo absorber tan crudo y retorcido conocimiento de una industria donde los eslogan de las películas prometen cabalgatas brutales y miembros descomunales, entre otras “delicatessen” para luego plasmarlo en un artículo de exquisita factura intelecual? Si, Foster Wallace.
Este artículo me hizo pensar en otro gran cronista fallecido hace unos meses, Claudio Uriarte. Uriarte también tenía una rara obsesión por la pornografía. En uno de sus más sorprendentes artículos escritos para la revista “La caja”, dirigida por Tomás Abraham, Uriarte, un erudito en música clásica, gastronomía y política internacional, demuestra un saber tan basto como indiscutible acerca del tema. Lo atractivo y revelador de su texto, no son las descripciones carnales que, en rigor, no abundan sino el análisis técnico de cada encuadre, el desglose erótico de las escenas, su proyección emocional y simbólica puestas en relieve, entre gemidos y penetraciones de amplio tenor, que nos empujan a suponer que Pablo Picasso y Samuel Beckett se perdieron de mucho por no prestarle la debida atención a “Garganta profunda”, “Las aventuras de superchica”, entre otros clásicos del género.
¿Quién elaboró una nada probable forma de redención intelectual entre el miembro gigantesco de John Holmes y el deseo mal actuado de una piba teñida de rubio vestida únicamente con un sombrero cowboy? En el medio nacional, solo Claudio Uriarte. Aquí es donde ambos destinos comienzan a hermarse. A Claudio le dolía la vida. Y como David Foster Wallace, él se fue a los cuarenta y tantos. Me niego a especular con simples casualidades entre ambos destinos.

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