La palabra del mago

Dramaturgo, actor, cineasta, poeta, gurú del nuevo milenio, creador del teatro pánico y de la psicomagia, tarotista y autor de exitosos cómics, Alejandro Jodorowsky apunta al saber universal y a vivir como una figura inclasificable y polémica. Perfil del hombre que casó a Marilyn Manson.

Lo inabarcable tiene un nombre: Alejandro Jodorowsky. Escritor. Poeta. Tarotista. Psicomago. Dramaturgo. Actor. Director de cine. Gurú del pasado y del nuevo milenio. Creador de amplio espectro. Espíritu en llamas. Portador de un destino épico. Una prueba de divinidad pagana. Como verán, para denominar a Jodorowsky -versionando a Abilio Estévez- todas las palabras prestan servicio.

Su figura comenzó a remontar vuelo en una de las épocas más excitantes del siglo XX, los ’60. Fue amigo íntimo de André Breton, Marcel Marceau y Fernando Arrabal, entre otros. Con todos ellos creó, puso en duda lo establecido y dio un paso hacia una nueva concepción del mundo. Con esta banda de locos sagrados tomó posesión de los espacios públicos con el propósito nada humilde de replantear las posibilidades del arte.

Antes de eso, Jodorowsky fue un niño, el hijo pequeño de inmigrantes rusos que hicieron de Chile su nueva patria. Sin embargo, para este artista elástico las fronteras son líneas sin sentido. Vivió un tiempo en México, donde hizo teatro, cine y literatura, hasta que un día se trasladó a Francia, país que lo vio transmutar en brujo, en prodigio literario y en sabio.

Sus materias de interés, sus objetos de estudio profundo, son tan devastadoramente amplios que en una misma humanidad conviven el delirio rocker de Marilyn Manson, la lectura del tarot y el cine de culto. En cada disciplina que ha desarrollado, Jodorowsky hubo de sorprender, escandalizar y conmover.

Como es una tarea compleja definir su personalidad y su obra en un párrafo e incluso en un extenso artículo, apelamos a las fotografías relatadas. Postales idiomáticas que lo visten y lo desnudan como a un ángel travieso.

Primero acto. Plantado sobre un escenario donde las reglas teatrales han sido absolutamente cuestionadas, Jodorowsky transmigra de personaje a persona: justo lo contrario de lo que propone el teatro tradicional. Se enlaza en bailes rituales con distintos objetos y compañeros de jornada que se derraman sobre su cuerpo hasta fundirlo en algo nuevo. Es bañado en sangre. En leche. En saliva. Es golpeado con un látigo. Él también golpea. Muere. Renace. Realiza malabares con serpientes mortales que por un instante imagina entre las piernas de su audiencia. Palomas surcan el espacio del lugar. En un ambiente cerrado, el público pierde el alma hasta descubrir un cuerpo insospechado. Teatro pánico. De eso se trata esta locura sanadora. La finalidad de su arte es reconocer que el yo permanece varias capas más abajo del personaje cotidiano que portamos en los documentos y en la calle y que el teatro debe servir como un medium que permita despejar incógnitas y hacer consciente la representación múltiple. Actuamos para vivir y su teatro implica vivir para descu

brir la autoconciencia del personaje.

Segundo acto. Él lo ha definido como “mi bello monstruo”. Y lo es. De algún modo, Alejandro Jodorowsky y Marilyn Manson se han hecho amigos íntimos. Hasta se habla de que protagonizarán juntos una película. Por lo pronto, cuando Marilyn decidió casarse, ¿a quién le pidió oficiar de sumo sacerdote? Sí: a Jodorowsky. En un rincón del mundo, el anticristo del rock y su amada se unen por la eternidad y el mago bendice esta unión bajo un cielo negro. Alguna vez Jodorowsky había dicho en una entrevista que “una pareja no puede ser casada por un cura que se masturba; debe ser casada por una pareja”.

Tercer acto. Sentado en un set de televisión que semeja el estudio de un intelectual amante de los libros, Jodorowsky lee las cartas del tarot. Es una sesión extraña. Definitivamente rara. El escritor le ha pedido al maestro tarotista que a través de las cartas le hable de dos circunstancias que afectan a España: una ecológica y la otra, política. Jodorowsky se olvida parcialmente del decorado y de que están en un show mediático y se muestra intenso, sincero y comprometido. Su lectura conmueve las bases del lugar. Sánchez Dragó se regocija como quien asiste a un milagro.

Cuarto acto. Distintos momentos que sirven para completar el perfil. Jodorowsky en un lugar público y abierto de un país extranjero explicando el tarot a un grupo de iniciados. Explicando en un programa de la televisión inglesa el teatro pánico y su percepción psicomágica del mundo. In english, off course. Jodorowsky como protagonista de un especial francés dedicado al tarot de Marsella. Jodorowsky en un encuentro sumamente entretenido con Jesús Quintero. Jodorowsky confesándole a Sánchez Dragó que se ha programado para vivir 150 años. Jodorowsky en un programa de la televisión trasandina proponiéndole a la presidenta Michelle Bachelet que Chile le otorgue una salida al mar a Bolivia. Un acto de humanidad, de solidaridad. Sin pedir nada a cambio.

Quinto acto. Jodorowsky filma -esto, hace años ya- en México otra de sus polémicas historias con destino al circuito

independiente. El gobierno militar mexicano no ve con buenos ojos que se asocie la producción del chileno-ruso-francés-mexicano con la magia negra y con extrañas simbolizaciones paganas. Sus detractores aseguran que usa una iglesia para llevar a cabo rituales demoníacos. Al tiempo que le mandan sus respetos por una obra que al parecer es del gusto del presidente de turno (y por eso no se han tomado medidas más drásticas), miembros del gobierno le hacen saber su disconformidad. Jodorowsky sabe cómo son estas cosas y huye a Estados Unidos con todo el equipo y su familia. Tiempo después la película obtiene reconocimiento internacional. Las autoridades se muestran entonces enojadas por haberlas abandonado sin aviso.

Sexto acto. En uno de sus famosos sueños lúcidos, Jodorowsky se encuentra con un ángel. Se trata de una divinidad poderosa, resplandeciente y silenciosa. El psicomago decide mantener una relación sexual con el querubín. No duda en solicitarle una penetración. El ángel se la concede. Un pene luminoso, como un tubo conductor de energía, hace su aparición y se abre paso por el cuerpo de Jodorowsky. El líquido, energía sagrada, estalla en el interior del escritor, quien alcanza el nirvana.

Tan inclasificable se ha vuelto con los años Jodorowsky, que sus fanáticos podrían pasar una tarde entera en una feria dedicada a su obra sin reconocerse los unos a los otros. En términos oficiales, Jodorowsky es un destacado, singular, delirante director de cine cuyo título más prestigioso es “El Topo”, un western retorcido donde afloran la violencia, la pasión y el total desequilibrio de sus protagonistas. Con él se abrió paso entre los públicos más exigentes y a partir de ese proyecto alabado por la crítica en Europa cimentó una carrera cinematográfica muy dispar, aunque siempre provocadora. Por muchos años su obra ha permanecido al margen de los videoclubes y los cines. YouTube ofrece un magro consuelo pero consuelo al fin. De “El Topo” puede encontrarse un conjunto de imágenes en forma de tráiler.

Del cine Jodorowsky ha dicho: “No importan los movimientos de la cámara. Ella debe moverse sólo cuando no se puede quedar quieta. Tú llevas el alimento en la mano. La cámara es un perro. Hazla que con hambre siga el alimento. El hambre hace que el animal se borre. No hay perro, hay hambre, no hay cámara. Hay acontecimientos. Nunca te puedes comer la manzana entera en el mismo instante. Tienes que dar mordiscos. Mientras comes tienes una parte. Debes saber que el trozo que mascas no es la manzana entera. Nunca puedes tener la manzana entera en la boca porque por muy grande que sea tu boca no puede caber en ella el fruto que es parte del árbol ni el árbol que es parte de la tierra. La pantalla es tu boca… no intentes trabajar con tomas absolutas. No creas que existe la toma mejor. A la manzana la puedes morder en cualquier sitio. Si la manzana es dulce, no importa por dónde empieces a comerla. Preocúpate de la manzana, no de tu boca”.

El cómic tampoco ha sido ajeno a Jodorowsky, y en este caso su arte también es extenso y rico. Ha desarrollado historietas con hombres tan prestigiosos como Milo Manara y Moebius. En rigor, una de sus más sólidas fuentes de ingresos viene de los derechos de las decenas de cómics que se reproducen en distintos mercados y que llevan su firma.

Una de las claves de su eternidad es el cambio constante, la progresión hacia lo próximo: “Uno no puede bañarse dos veces en la misma idea. El hecho de que Matta -refiriéndose al famoso pintor Roberto- se haya puesto ‘cartucho’ me habla bien de él y significa que no va a envejecer. El cerebro envejece en el momento en que te adaptas a una idea y no la cambias. Uno no puede bañarse dos veces en la misma idea. Sigo el pensamiento de Heráclito, que decía que uno no debía bañarse dos veces en el mismo río. Las ideas deben ser como las camisas, que uno se cambia constantemente. No hay que ser fiel con las ideas, ni siquiera con las políticas, ni morales, ni artísticas ni nada. Hay que usarlas mientras sean útiles y después cambiarlas. Si no, se envejece”.

Y, por supuesto, Jodorowsky no ha envejecido. “¿Sabes cuál es nuestro cuerpo?”, le preguntó a Jesús Quintero. “El universo es nuestro cuerpo”.

Cualquier capítulo final de este lúcido personaje debería estar dedicado a su mayor creación o al menos a la más compleja y fascinante de todas: la psicomagia.

“¿Qué es la psicomagia?” es la pregunta ineludible. Elementos vinculados con el chamanismo pero también con el psicoanálisis y al arte-terapia se fusionan en esta experiencia curativa que tiene a Alejandro Jodorowsky como su principal y excluyente profeta. Hace un tiempo, Jodorowsky aseguró que sólo él, su esposa, Marianne Costa, y su hijo estaban en condiciones de ejercer la psicomagia. Sin embargo, cuando uno se adentra en esta forma de terapia alternativa, descubre que muchas veces las personas elaboran conjuros cotidianos para aliviar sus cargas personales. Dolores crónicos del alma.

En el caso de Jodorowsky la búsqueda es más sistemática, pero esto no quita que se revelen elementos propios de la superstición y de la cura popular en el esclarecimiento del símbolo y el lenguaje secreto cifrado en el inconsciente. Una materia sobre la que teorizaron y practicaron Freud y Lacan, entre otros.

Jodorowsky asegura que nos programamos para determinadas acciones -el día de nuestra muerte, una enfermedad, el fracaso o el éxito, por ejemplo- y que éstas pueden ser revisadas. Por supuesto, el hombre tampoco descarta el karma que nos deviene de vidas pasadas, la injerencia de divinidad y de las energías que alimentan nuestras fuentes más íntimas en el día a día.

Jodorowsky tiene un mirada ancestral y al mismo tiempo despojada de los viejos teoremas que nos inquietan y a veces nos asfixian. Sabe mirar distinto y, gracias a la evolución literaria de ese acto, observamos colores que permanecían al acecho.

Uno de sus tantos y bellos poemas dice: “La eternidad cada día mendiga mi confianza”. Y una de sus frases más conocidas concluye: “Todo está aquí”.

Aquí o también en Jodorowsky.

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