¿Y vos de donde saliste?

Un viaje en camioneta sintiéndote el primer hombre y el último explorador. Un viaje por la piel prohibida, ancestral, del deseo. De principio a fin, recorriendo con los labios la ruta que indica una gota de vino, de los pies a la cabeza. Un viaje por los sentidos antes de hincarle el diente a tu nuevo invento en la cocina. Donde se cuecen todos tus apetitos. Todas tus búsquedas y todos tus miedos.

Llevas puesto el sombrero vaquero. Una campera de cuero negra. Y eres el bandido. Y eres el sheriff. Eres la fe en persona. El gesto duro robado de una película de los 50. Muchos otros como tú sienten lo mismo.

¿Y vos de qué película saliste?, pregunta la chica con ironía. Yo me paso la película, le respondo. Y sigo. Soñando que soy un vaquero. Que soy un escritor maldito. Que soy padre ejemplar y demonio en caída libre. Borracho redimido y religioso de la tierra de nunca jamás. ¿De qué planeta vienen los ridículos como vos?, insiste otro que parece su amigo. De un planeta paralelo, le respondo. Igual a este, salvo por leves y sustanciales diferencias. Y sigo. Tan patético y satisfecho de mi exceso. Esto más que una película, es una comedia.

No me hace faltan las opiniones ajenas. Esta es la única historia de la cual soy protagonista y no hay demasiado tiempo para desperdiciar. Es la historia que justifica tatuarse un dragón en la espalda -no es mi caso-, tanto como tener botas vaqueras y una montura pero no caballo -mi caso, sin duda-.

¿Qué sería de nosotros si no viviéramos enamorados de la propia existencia? No se vuelve uno exitoso por alcanzar un símbolo de estatus sino por ser propietario y no inquilino de sus sueños. Pueden quitarte el automóvil último modelo que acabas de comprar, más no la sensación indiscutible de que eres diferente y el autor del capítulo por venir: ese en el que miras un atardecer y masticas pasto. Si te sabes cool frente al espejo, el resto es apenas una brisa que pasa frente a tus ojos. La construcción de tu identidad es superior a las fuerzas del destino. Ni que hablar de su supremacía por sobre el sistema de compra venta. En rigor, este último se inclina frente al convencimiento de las más íntimas proezas.

No te hace ganador un perfume en específico sino la convicción de que el perfume te merece. Tus atributos son una construcción por sobre cualquier estándar. Tu nariz quebrada puede ser el principio de tu sex appeal. Tus manos enormes, la nomenclatura de todos los momentos eróticos que han transcurrido por ella. Tus pies planos, una cojera que al andar habla de las guerras perdidas en el Lejano Oriente. Tus ojos tristes, la prueba del horror que has soportado y de la valentía que te fue necesario sostener en los momentos más difíciles. Tus kilos de más, un índice de tu cultura culinaria y el anticipo de posibilidades sexuales desconocidas. Tu delgadez, la muestra tu estoicismo. Tu normalidad, el secreto de uno o más dones guardados bajo siete llaves. Tus lentes culo de botella, la carta de presentación a tu intelectualidad y sapiencia.

Porque estoy más allá del palpito externo es que no me saco este sombrero. Es que parezco salido de un western. Alguien me ha matado al pingo en el peladero y ando con la montura y los aperos colgados de mis manos. Me muevo con lentitud. Hago como que me duele todo. No para alguien en especial. Como para nadie en particular oteo el horizonte inmenso y lejano. Lo hago sobretodo para mi. La intensidad es un objeto literario que construyes con imaginación.

 

 

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