Flash

Publicado en Río Negro

Apenas un click, un flash noticioso, un abrir y cerrar de ojos nos separan del futuro. El truco consiste en vivir como si no fuera tal. Como si hubiera un camino, que al igual que una alfombra roja se extendiera hasta perderse sobre un fondo oscuro. Un espejismo que pretende ocultar el extraño sonar de dedos que nos ubica aquí o allá sin que podamos darnos cuenta. No hay obra provista de mayor fantasía, no hay ilusión más cruel ni más apasionante: existir es transcurrir a una velocidad inaudita. Piensa en tus hijos. Los ángeles que hace un instante nos sacaban de quicio, dos puntos suspensivos más adelante, se han marchado dejándonos con un pañuelo en la mano y un beso en los labios. De sus narices pequeñas desaparecen las pecas y de sus ojos la inocencia que nos impulsaba a anticiparles el sabor de la amargura. Será por eso que amo el cine, porque grafica en perfecto equilibro aquello que somos y vivenciamos. Si un filme es la síntesis de una historia personal o de un hecho verdadero o ficticio, tamizado por la luz del arte, la vida es el compilado de una gigantesca sinfonía que atraviesa cada uno de nuestros átomos. Aunque sería insuficiente decir que hay refugio sólo en el cine. También están las novelas, los relatos, la música misma, los poemas. Porque producto de la intensidad que mueve al universo, saltamos de híto en hito, de fracción en fracción. Fichas avanzando y perdiéndose en un tablero de arena. Ayer recordé a un buen hombre que una vez me dijo que a cualquier lugar al que iba llevaba un libro consigo, no como arma, sino como resguardo. Si se quedaba solo, si se sentía aburrido, si tenía hambre, si se descubría perdido, allí estaba su libro, su ofrenda y su amuleto. Recuerdo además que sus palabras me provocaron ternura pero también tristeza. En ese momento su confesión me pareció un gesto de debilidad. No fui capaz de reconocerle que yo, disfrazado de héroe, llevaba unos cuantos volúmenes en los bolsillos. Y no sólo libros. También música, películas y frases poderosas anotadas en un papel. Por ejemplo, he decidido, no emprender un viaje sin llevarme grabado en los labios el sabor de la mujer que amo, y esculpido en las paredes de mi mente, la risa de mis hijos y el aroma frío del campo. Tampoco voy mucho más adelante sin un libro de Fernando Noy o de Abilio Estévez. De faltar uno, tengo el otro pero nunca presciendo de los dos. Alcanza un poema para cruzar el descampado en una noche negra. ¿Te atreves a cruzar?, me dijo él y yo siendo un niño, me interné en la oscuridad en búsqueda de unas llaves, recientando a Neruda, la Biblia y Nicanor Parra. Dos o tres frases son suficientes para erradicar todas las dudas sin que medie una explicación. Una canción nos elevado por sobre nuestra fragilidad. Una fotografía puede obrar como una clave secreta que nos regresa al dulce pasado. Dice Noy: “Colgar agua/Tender fuego/Clavar aire/Sexto dedo nuevo” y entonces lo comprendo todo sin entender absolutamente nada. Con su voz de poeta inmortal tengo de sobra hasta el próximo capítulo. Hasta la siguiente turno antes de que los dados se detengan.

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