Andar es trabajar

 

Recorremos al galope la primera parte del trayecto. Llevamos carabinas. Bolsos de cuero gastados llenos de comidad y botellas que tintinean peligrosamente unas contra las otras mientras avanzamos. Hacemos carrera. Paramos. Tomamos agua de una cantimplora que Guido heredó de su abuelo, un viejo que peléo por Alemania en la primera guerra. Dice que también tiene un casco suyo con una punta afilada en el medio. Una especie de cuchilla que era el último recurso del soldado. Yo tengo puesto mi poncho negro, mi sombrero de cuero vaquero. Llevo mis botas y una bombacha negra. Parece que vas a un funeral, opina Guido. Pero a mi me gusta el negro. Como el caballo que monto: Mulato. Me gusta la noche y estar entre las sombras. Al cabo de un par de horas avanzamos lento, al paso. Entre el puesto y el valle hay por lo menos un día de caballo y nosotros nos tomaremos dos. Menos sería demasiado trabajo. Y andar ya es trabajar.

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