Viaje iniciático

Publicado originalmente en diario “Río Negro”

Dicen por ahí que toda persona debe tener su viaje iniciático. La literatura universal está poblada de ejemplos que demuestran la validez del caso. Empezando por “En el camino” de Jack Kerouac, pasando por las peripecias de Ernest Hemingway en África, hasta llegar a las aventuras lisérgicas de Hunter Thompson en Las Vegas, el viaje como mentor del espíritu salvaje no ha perdido su prestigio.

Cada año, millones de seres humanos se lanzan a la carretera en búsqueda de una experiencia que les cambie la vida o al menos los entretenga un rato de la normalidad que llevan hasta ese momento.

En lo personal prefiero decir adiós antes que hola. Me resulta más sencillo colgar el cartel de “Bienvenidos”, antes que agitar el pañuelo blanco de la despedida desde el vagón del tren.

Y aunque leí “En el camino”, me parece poco probable verme haciendo autostop con un pequeño mapa en los bolsillos.

Hace ya tiempo que entendí que no soy un aventurero y que de ser por mi jamás se hubiera descubierto ningún continente, ni siquiera un paso exiguo entre Europa y las Indias.

El punto es que sí disfruto profundamente leer a Hemingway, al loco de Hunter, a Kerouac, a Sam Shepard, y a otros tantos trotamundos de diferentes épocas.

Ellos han viajado en mi lugar y lo seguirán haciendo. Es el verdadero sentido que le veo a las revistas de escapadas y turismo ya que he jurado jamás volver a subirme a un avión. Entre sus páginas me deleito con el placer de los otros, con la valentía de los reporteros cuando aceptan platos hechos con productos que este servidor no comería ni bajo amenaza de muerte.

Conozco a una chica, Raquel, que tiene un muy buen blog de fotografías, y cada tanto repaso sus andanzas a lo largo y ancho del planeta. En una de ellas se la ve tomando el sol en una ciudad del Viejo Continente, en otra, buceando en la costa Argentina. En la siguiente, en la montaña, junto a unos amigos en la Patagonia.

Su determinación me inspira y alegra el día, aun entendiendo de que carezco de su temperamento y curiosidad.

Vivo en la Patagonia, en el sur del sur, y creo que de no haber nacido aquí no habría venido de ningún modo.

En parte por eso me sorprende cuando miles de miles de ciudadanos de las más diversos países deciden gastar sus 15 días de vacaciones en darle una mirada a esta geografía inabarcable.

Para un hipocondríaco, para un cobarde, en definitiva, como el que escribe estas líneas, el acceso a los libros, la televisión satelital e internet han sido una bendición caída del cielo. Y nada más exacto puesto que todo proviene de allí.

Me empeño en no perderme ningún capítulo de “Trotamundos”, ni de los chefs que cocinan en aldeas “paleolíticas” del Amazonas, o los documentales que revelan secretos prohibidos de ciudades aun más prohibidas. Tampoco encuentro desperdicio en la secciones de viajes de “El Mercurio”, “The New York Times” y “The Guardian”, especialmente esta última que ofrece cientos de datos generados por los propios turistas.

Hace un tiempo el diario inglés organizó un concurso en el que se le pedía a los lectores que organizaran un viaje por el mundo, el más interesante se quedaba con el premio: la concreción del mismo, por supuesto.

Yo no alcancé a idear uno completo por dos razones: 1) porque el concurso era sólo para gente del Reino Unido y 2) Porque me di cuenta que estaba bosquejando una historia que no me tendría como actor.

Imagino que mis hijos se irán hasta que se esfumen en el horizonte, que lo harán mis nietos, mis amigos queridos y que desde los extraños rincones de la Tierra me enviarán sus postales o sus mails parlantes.

Recuerdo una escena del filme “Las invasiones bárbaras” en la que una de las hijas de protagonista, enfermo terminal de cáncer, recibe un mensaje satelital de parte de su hija. “Te amo, papá”, se despide ella, luego de aclararle que se encuentra arriba de un velero cerca de Valparaíso y que no podrá asistir a su final.

Obviamente, él también la ama, y respeta el hecho de que su pequeña haya sido capaz de vivir sus sueños.

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