Estrella del sur

Yo jamás lo hubiera imaginado pero me contaron las malas lenguas que Wendy zapateaba de lo lindo sobre las mesas, allá en el sur donde el diablo perdió el poncho. Entonces llevaba el pelo largo, rojo infierno y usaba las uñas pintadas de negro. Vestía faldas con cortes que no dejaban lugar a dudas acerca del tramado de su ropa interior. Un show.

Imitaba a Lola Flores, a la que había visto por el canal nacional, en cada uno de sus gestos y sin saberlo reinventaba el personaje hasta convertirlo en alguien completamente nuevo.

Vivió de parranda en parranda, de baile en baile, del rancho al pueblo y del pueblo al rancho, hasta que entró en su sano juicio.

Pero la pasó bien y consiguió que otros se divirtieran con ella. Cuando su carrera más o menos profesional terminó aun era una mujer joven y no había gaucho ni patrón de estancia que desconociera las artes de la Wendy. En el saldo de esta odalisca del sur se contaban cuatro hijos, cada uno de un padre distinto.

Con los años se fue quedando de forma permanente en el pueblo. Tu sabes, la escuela de los pibes, las reuniones de padres, los amigos, los vecinos, los amores furtivos.

Nunca soñó con huir a París o terminar de tapas en Madrid. No estaba en sus planes algo tan elaborado. Tan fuera de su geografía. Lo único que deseaba Wendy con brutal impunidad era continuar siendo joven, capaz de levantar polvo de las mesas hasta que la madrugada se transformara en pleno día.

Pero el tiempo es un asesino silencioso y fue acallando la energía de Wendy. Cuando debió trabajar para vivir se empleó como “señora de la casa” en el hogar de gerentes de banco, administradores de estancias, directores de empresa de petróleo. Siempre tuvo buena presencia y de uno de sus noviazgos menos intensos pero más productivos había obtenido como premio una segunda lengua: el inglés.

De modo que ahí estaba Wendy a sus treinta y tantos, bilingüe, vestida de un modo absolutamente teatral y con modales de chica de la alta sociedad de las que aparece en las novelas mexicanas. Su mayor fuente de conocimiento, su manual de uso diario.

Trabajó en estos menesteres hasta que conoció a su actual marido quien, cual un monje o un santo consagrado a única labor, se ha dedicado a cuidarla.

Ahora cada vez que se aburre de las tareas del hogar, Wendy vuelve al ruedo aunque ahora ya no la llaman para regentear casas suntuosas. Por eso busca empleo en hoteles u hosterías, donde a veces se hace pasar por la dueña aunque su verdadera labor sea realizar la limpieza del lugar.

En esas circunstancias la conocí, o mejor dicho conocí al personaje, en la puesta en escena de un papel que le quedaba a medida. No se me habría ocurrido discutir con nadie que Wendy no era la propietaria de la hostería y restaurante que atendía de no ser por el detalle de que el dueño era yo.

Una tarde la escuché hablar entre bastidores mientras atendía a un cliente, sólo para conocer una parte de su historia. En tres minutos su energía sensual atrapó al francés de turno. Le explicó en un acento extranjero de quien ha conocido diversas culturas, los “ires y venires” del negocio turístico, sin olvidar sus tardes de relax en un rinconcito de Nueva York.  ¿Qué como iban los números? Pues bien, tirando, una siempre debe comprometer la piel en este tipo de inversiones, la oí reconocer. 

Era una mujer eficiente pero odiaba los horarios, las reglas, los compromisos que implicaba lo cotidiano. Para cuando nos presentaron ya vivía medio día atrapada por las píldoras para los nervios.

Uno de sus hijos también trabajó conmigo. Un chico especial que de un año al otro se cambió el color oscuro de sus ojos por un azul intenso, y que por motivos que desconozco, fue transformando su aspecto hasta quedar convertido en un ser andrógeno: ni hombre ni mujer. Una heroína de película japonesa.

Una tarde Wendy mandó a su marido con un recetario que la eximía de trabajar por tiempo indefinido. Hace unos días la vi de nuevo por la calle: cartera de cuero rojo de exclusivo diseño, abrigo blanco impecable, cabello rubio plateado como el que caracterizó la última etapa de Marilyn Monroe, pañuelo a tono y gafas de estrella de cine de los 50. Le faltaba el convertible pero no el cigarro con pitillo que sostenían sus labios púrpura.

Por poco y le pido un autógrafo. Sin embargo, justo cuando pensé en saludarla sacó su celular y respondió un llamado. “No, ahora no puedo”, le escuché decir y pasamos de largo.

 Publicado originalmente en Río Negro

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s