Resaca

La verdad es que no tengo idea de donde salió la fotografía. Apareció un día en la cocina de mi casa y ahí se quedó. Pasa tanta gente por acá que cualquiera pudo haberla perdido. De cuando en cuando la hojeo. No soy afecto a las fotos, sin embargo, de esta en especial algo me ha cautivado.

La imagen muestra a dos chicos adolescentes bailando un lento. Están rodeados por una corte de otros pibes que no hacen más que mirar. Unos ríen, otros permanecen en la luna. Puedo apostar a que hay dos chicas a un costado y que una de ellas llora a mares. No lo sé, debe ser la fracción de una fiesta de cumpleaños. Una de las cosas que me atrae de la situación es la lozanía de quienes ocupan el primer plano con su baile. No es una fotografía antigua pero en breve lo será. Estamos a sólo un chasquido de los dedos de la nada.

No pretendo adivinar que irá a suceder con la vida de esos querubines o si algún día se acordarán que bailaron acaso por primera vez un lento con una persona a la que ya no recuerdan. Al menos en mi caso, no he olvidado a mi estimada Emma, la chica que me enseñó el breve arte de no pisarle los zapatos al compañero de turno.

Días atrás, en la casa de unos amigos, otra fotografía llamó mi atención. En esta ocasión un par de jovenzuelos, en sus veintitantos, posaba abrazados para la cámara. El tenía pelo abundante, ensortijado, en tanto que ella lucía una figura delgada y su sonrisa luminosa se fugaba del cuadro como un cometa lo hace de los contornos de la noche.

No eran los mismos flacos que luego me presentaron. El había perdido el pelo y la chica, su línea. Durante el almuerzo muy pocas la vi sonreír. Y el brillo de esa sonrisa que me había cautivado unos minutos antes, lo sentí así, había desaparecido quizás para siempre. De aquella pareja que parecía ocupar un lugar en el mundo no quedaba más que esa fotografía.

Este verano, en medio del vendaval, se me ocurrió mirarme al espejo con una cuota importante de sinceridad. No con la actitud David Crockett del tercer mundo, después de los ravioles, que caracteriza mis incursiones en ese ámbito tan complejo. Me percibí cansado, panzón, mal añejado, un animal herido, en definitiva. “Estás viviendo la resaca de tu vida”, dijo la voz que pasó justo en ese preciso momento detrás de mis espaldas.

¿Qué puedo alegar frente a semejante argumento? Si, aunque no debo ser el único hombre o mujer que transcurre por la resaca de su vida, esta, la que va de aquí hasta el fondo, es la mía.

Las resacas suelen ser aleccionadoras. Nos recuerdan lo estúpido que hemos sido, lo inútil de nuestra vanidad y lo ridículos e insufribles que podemos volvernos después de  una copa de más. En general, se sobrevuelan malamente, con bastante sueño, agua mineral, pastillas para el dolor de cabeza y la absoluta ausencia de alcohol.

A pesar de su condena representan una oportunidad para poner las cosas en claro: la sobriedad no es otra cosa que el producto destilado de una perfecta borrachera. Sin una no estaríamos muy seguros de que existe la otra.

En principio, y en honor a los jóvenes y soñadores que hemos sido (y que por tozudez y convicción seguiremos siendo), he decidido tomarme mi cuarto de hora, mi día off. Un disco de Jamie Cullum (“Catching Tales”) suena en mis oídos mientras me preparo para una ducha tibia y una posterior limpieza facial que incluye una crema rejuvenecedora. Por la noche iré con mi hija a un lindo restaurante. No  sé si todo esto aliviará en algo la carga que soporta mi espíritu o si sólo apuntalará mi patetismo. Da igual, estoy remontando una resaca. Sólo queda subir.

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