Finales

Me gustan, qué digo, me fascinan, me encantan los finales de las películas y de algunas telenovelas. Recuerdo el de “Café con aroma de mujer”. Soberbio. Rutilante. Inigualable.

También el de aquel filme coreano “Old Boy”, en el que los dos amantes, revelados como padre e hija, caminan hacia su destino. Y el de “El Padrino III”, con Al Pacino cayendo inerte de una silla en el patio de su casa de campo.

No puedo dejar de mencionar el final maravilloso de “La ley de la calle”, con Rusty James junto al mar prometido por su hermano. ¡Qué fantásticas conclusiones que jamás me canso de repasar!

¿Podría olvidarme del final más irónico de toda la historia del cine?

Uno al lado del otro, Rick y el inspector mantienen en “Casablanca” un diálogo inmortal que concluye con la frase: “Este puede ser el comienzo de una gran amistad”. Lo dicho: amo los finales.

Por el contrario, detesto terminar un libro que me apasiona. Aquél es un final que odio, que no quiero. Que me niego rotundamente a vivir. He resuelto mi manía de modos muy singulares y efectivos.

Por ejemplo, a la tercera vez que comencé a releer “Una temporada con Lacan”, de Pierre Rey, decidí que iba a tomar el camino inverso. Leí de inmediato las últimas tres páginas y luego me fui al principio. De este modo, el final sería una cosa definida, un hecho simbólico al que nunca habría de llegar porque ya estaba resuelto.

Con “El diccionario de Lemprière” de Lawrence Norfolk, ocurrió algo distinto: fue el destino el que me robó su ocaso. Resulta que había leído bastante de esta extensa novela de más 700 páginas cuando descubrí, para mi asombro (y secreta alegría, debo aclarar), que había comprado un volumen al que le faltaban las últimas páginas. De modo que aún estoy sumido en la ignorancia de su culminación.

Jamás he terminado un libro que me apasionó con la sensación del deber cumplido. Cada vez que adoré una historia me quedé con un sabor agridulce en los labios. Visto así, fui el amante despechado de numerosos autores.

¿Por qué se tienen que acabar determinadas novelas que nos abren los ojos y nos vuelan la tapa de la cabeza? No lo entiendo.

Mientras leía las páginas finales de “Cien años de Soledad”, un viento imaginario pero absolutamente real azotaba las ventanas de mi habitación.

Creo que, en lo que a textos se refiere, no he terminado de aceptar que las cosas poseen un tiempo limitado. Es parte de la vida, de la fastuosa energía que la contiene.

¿Qué debo decir ahora? Este es un final que tampoco soy capaz de escribir. Vamos a hacer una cosa: antes que decir adiós, el día de mi marcha sacaré un pañuelo blanco por la ventana.

Sé que un rayo de tristeza cruzará mi mirada. Eso también es inevitable. En silencio me iré alejando mientras pronuncio tu nombre.

Publicado en diario “Río Negro”

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