Con ustedes: la píldora para olvidar

eterno

Adelanto de un artículo que aparecerá en el diario “Río Negro”

Llegará el día en que el periodico será una tableta flexible con la definición de un plasma. Llegará el día en que el próximo fin de semana largo lo pasemos en Marte. Llegará el día en que nuestros riñones serán de un material sintético con 10 años de garantía y en que elegiremos el color de los ojos de nuestros hijos.
Y un día, cuando todo o parte de esto suceda, seremos capaces de borrar selectivamente aquellos recuerdos que nos queman como un hierro candente al interior de nuestra psiquis. Cada cual será dueño de hacer y deshacer en el viejo almacen de las historias vividas.
Habrá quienes decidan dejar atrás los momentos más dramáticos de su paso por una guerra. También testigos o protagonistas de hechos extremos como accidentes o momentos de violencia familiar querrán desintegrar una pesadilla que se repite cada noche. Por supuesto, estarán a la orden del día aquellos enamorados que correrán a sacarse de la cabeza un amor imposible o las parejas divorciadas que preferirán dejar atrás la imagen de su ex. Pero el uso se puede ampliar a ramas inesperadas: el asesino con deseos de olvidar el rostro de sus víctimas. O el testigo de la mafia que no quiere ser parte de un juicio que pondría en riesgo su existencia ¡No sé de qué me habla, señor Juez!
Un grupo de científicos de la Universidad de Amsterdam están dando los primeros pasos hacia un futuro que todavía pertenece al género de la ciencia ficción. Sacaron a la luz un experimento revelador: le mostraron a 60 voluntarios imágenes de arañas al tiempo que les aplicaban pequeñas descargas eléctricas con el propósito de que asociaran las imágenes con las descargas. De este modo la relación entre araña y dolor se volvía obvia.
Un día más tarde, a la mitad de los voluntarios se les trató con un beta bloqueante de propanolol y a los otros con una sustancia placebo. Acto seguido se les volvió a enseñar las arañas.
Los científicos descubrieron que quienes habían tomado el fármaco estaban mucho más relajados que los que no. La interacción con la pastilla provocó una reducción de la respuesta al miedo
Por supuesto, este es apenas un principio de lo que se podría conseguir dentro de unas décadas con medicamentos y técnicas mucho más complejas. Según el doctor Merel Kindt, jefe de la investigación, el procedimiento “reactivó la memoria emocional, y la interacción con la pastilla provocó una reducción de la respuesta al miedo”. El experto añadió: “la memoria sigue intacta, pero la intensidad emocional de la memoria ha menguado”.
En un sentido más, cómo decirlo, grueso lo que aquí se está planteando es la posibilidad de que un fármaco logre alivianar el peso de un recuerdo traumático. Algo así como pasarlo por una sustancia o trama invisible que lo volvería menos denso, persistente y real.
“Es un resultado muy prometedor para el tratamiento de memorias intrusivas (aquellas persistentes e indeseadas), tales como las que suceden en el síndrome de estrés postraumático”, declaró a la prensa española Joseph LeDoux, catedrático de neurociencia y psicología en la Universidad de Nueva York.
Pero, como bien ha dicho el académico e investigador Daniel Sokol de la Universidad de Londres, “Eliminar recuerdos desagradables no es como eliminar una verruga o una peca. Cambiaría nuestra identidad personal. No obstante podría ser beneficioso para algunos casos. Pero antes de erradicar los recuerdos debemos reflexionar sobre los efectos que tendrá en las personas, la sociedad y nuestro sentido de humanidad”.
Entretanto el profesor de Bioética de la Universidad de Manchester, en el Reino Unido, indicó: “Una complicación interesante sería que, por ejemplo, las víctimas de un hecho violento, en su intención se borrar los malos recuerdos, se vuelvan incapaces de aportar evidencia contra las culpables”.
Hace unos años Robin Williams encarnó en “La memoria de los muertos” (The Final Cut) a un tal Alan Hackman, un experto en realizar el montaje y la edición de la vida de las personas que llevan insertas el exclusivo Chip Zoë. Hackman se encarga de que en esta valiosa biografía visual, a la cual pueden acceder familiares y amigos como si se tratara de un DVD, se pasen por alto muchos de los errores cometidos por el difunto. El mismo se autodefine como un “devorador de pecados”.
Su existencia da un giro el día en que, trabajando en el corte final de un cliente, descubre una pieza de su propia infancia que lo retrotrae a un hecho que lo ha marcado hasta hoy. Entonces, Hackman comienza una investigación que lo lleva a las profundidades de su cerebro y a las de otros personajes.
El filme de Omar Naïm no es brillante pero al menos nos induce a reflexionar acerca de qué sucedería si, ya sea mediante cápsulas o microimplantes, pudieramos convertirnos en los autores de una reescritura existencial.
Una de las mejores novelas del español Ray Loriga, “Tokio ya no nos quiere”, cuenta la historia de un dealer quien a principios del siglo XXI recorre el mundo ofreciendo una flamante droga capaz de borrar la memoria. Pero el vendedor ha caído en la seducción de su propio producto, con lo cual el mundo y la gente le resultan tan ajenos como sospechosamente familiares.
Es irónico que durante miles de años los hombres y mujeres de este planeta se han afanado sobretodo en perfeccionar sus métodos de almacenamiento para finalmente llegar a un punto de quiebre, el clímax de la civilización, en el cual todos los recuerdos, todo lo aprendido, es decir, la memoria de todo lo que es humano, pueda ser disuelto en un lago oscuro y frío.
Imposible no pensar en Raquel de “Blade Runner” de Ridley Scott, un bello ente que se creía  humano porque tenía recuerdos aunque, en verdad, su memoria era la memoria de una mujer muerta.
Meses atrás, según reportó el periodista Matt McGrath para la BBC, científicos del Medical College de Georgia, USA, aseguraron haber conseguido eliminar selectivamente segmentos de memoria de roedores sin provocar en estos daños colaterales. Los profesionales señalaron que quizás en las próximas décadas puedan desarrollar una píldora que borre recuerdos dolorosos o traumáticos.
El doctor Joe Tsien del Instituto de Investigación del Comportamiento Cerebral de Georgia hizo énfasis en que “la actual metodología no es aplicable a seres humanos pero un día se podrían implementar técnicas que ayuden, por ejemplo, a los veteranos de guerra que a menudo tienen imágenes traumáticas recurrentes cuando vuelven a sus hogares. Porque mientras la memoria es un excelente profesor que nos permite sobrevivir y adaptarnos, remover selectivamente recuerdos que nos incapacitan para la vida diaria podrían representar un gran avance”.
El equipo del Dr. Tsien en colaboración con científicos de la Universidad Normal de China Oriental en Shanghai fueron capaces de eliminar nuevas y viejos recuerdos manipulando una proteina que tiene un funcionamiento crítico en las comunicaciones de la red cerebral. “Estamos apenas al pie de una gran montaña”, ha dicho Dr. Tsien.
En el filme “Código 46”, dirigida por  Michael Winterbottom, el detective William usa como herramienta de trabajo una variedad de píldoras que le sirven para hablar lenguas que no conoce o incluso volverse más receptivo a las reacciones de las personas que entrevista. William comete el pecado posmoderno de enamorarse y el sistema de la sociedad imperante no tarda en recomponer el normal funcionamiento de su empleado con unos pequeños retoques en la memoria.
También “El vengador del futuro”, dirigida por Paul Verhoeven, protagonizada por Arnold Schwarzenegger, y basada en el cuento de Philip K. Dick: “We Can Remember It for You Wholesale”, tiene en la memoria del personaje principal la clave de una retorcida historia. O de cómo un malo se convierte, acción correctiva mediante, en bueno para lograr sus propósitos, hasta enfrentarse con la disyuntiva de recuperar o no su pasado y volver al “lado oscuro”.
Una de las películas más aleccionadoras en este sentido que se han visto en los últimos años es “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, que fue escrita por Charlie Kaufman, el mismo de “¿Quien quiere ser John Malkovich?”. Aquí una pareja acude en distintos momentos a los servicios de una empresa que les permite olvidarse mutuamente. Un hecho que por sí mismo demuestra lo valiosa y profunda que ha sido aquella relación. Pero las cosas se complican y al final ambos personajes se encuentran envueltos en una suerte de redención: conociéndose el uno al otro, como dos seres humanos que en vidas pasadas ya han estado juntos.
Existe la probabilidad de que hace muchos años, alguien, algo, haya inventado la píldora de la memoria selectiva y ahora mismo seamos el producto de un futuro que no recordamos y de un pasado que sólo  sospechamos.